En fecha tan reciente como el 15
de septiembre actual, se firmó la renovación del contrato que vincula al
futbolista portugués Cristiano Ronaldo con el Real Madrid durante los próximos
cinco años, percibiendo por cada uno la modesta retribución de 21 millones de
euros, que suponen 1,750.000 mensuales y equivalen a 2.713 veces el salario
mínimo interprofesional. Si nos queda alguna capacidad de asombro, este nuevo
escándalo futbolístico no puede dejarnos impasibles.
Se me dirá que estas cuestiones son de
índole privada, regidas por las leyes del mercado, pero cuando las leyes
autorizan, amparan o permiten tamaños desafueros, lo que están pidiendo a
gritos es la reforma de las mismas. Si la libertad, como en este caso, atenta
contra los principios de la equidad y de la ética, no debería ser tolerada.
Como alguien dijo refiriéndose a las condiciones abusivas de la contratación
laboral, donde la libertad oprime, la ley redime.
Que tales despropósitos se den en un país como
el nuestro envuelto en la peor crisis desde que hemos estrenado democracia, que
tiene en paro el 26% de la población activa y el 56% de los jóvenes, con varios
millones sin ingresos tras haber agotado el derecho a prestación por desempleo,
y miles de familias desalojadas de sus hogares por impago de alquiler o
hipoteca, resulta a todas luces obsceno. Si estas injusticias se toleran sin
rechistar y las autoridades miran para otro lado es que estamos ante una
sociedad enferma. Aunque se haga en otros países, España no puede ostentar el
récord de contar con el futbolista mejor pagado del mundo. Hasta la señora
Merkel tiene autoridad moral para echárnoslo en cara.
En la rueda de prensa convocada por el presidente
del Club sin admitir preguntas, el jugador afirmó que “el dinero es importante,
sí, pero no la prioridad”. Estas palabras, que suelen repetir los afortunados,
viniendo de quien estuvo negociando por medio de su representante hasta el
último momento, suenan a hipocresía. Como nunca he conocido a nadie que declarase tener suficiente dinero, cabe
preguntarse si Ronaldo no acudirá a los
consabidos subterfugios más o menos legales para eludir el pago de los impuestos
que le correspondan, como hizo su colega y rival Messi.
Uno tiene derecho a preguntar de donde
salen los cuantiosos recursos que manejan a su antojo los directivos de las
sociedades deportivas. Habrá que admitir ante todo que solo los dos de las
mayores ciudades, Madrid y Barcelona son los que disponen de medios multimillonarios,
los que han convertido la liga en un duelo a dos. Los ingresos sociales se
dividen en dos grupos. Los ordinarios provienen de las cuotas de socios, de la
venta de entradas y de los derechos de retransmisión de los partidos; los que
podríamos llamar extraordinarios los proporcionan pelotazos urbanísticos y
traspasos de jugadores que cambian de equipo cada temporada.
A pesar de los notables ingresos que reciben,
la situación económica de muchos de los clubes es deficitaria, y varios de ellos
están endeudados, especialmente con Hacienda y la Seguridad Social, organismos
que, curiosamente, les ofrecen facilidades que no aplican a los particulares.
Los equipos están constituidos como sociedades anónimas, y por tanto, los
socios tienen derecho a voz y voto, empero la experiencia demuestra que los
aficionados no piden cuentas sino goles. De esta manera los presidentes tienen
carta blanca para aumentar los fichajes aunque descuiden sus deberes como
contribuyentes además de incurrir en las corruptelas que suelen darse en el
negocio.
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