El mundo
nunca ha estado tan inundado de información como ahora. Los medios empleados
para la difusión de noticias han crecido de forma exponencial, y es imposible
huir de su influencia. Unos son públicos y otros de propiedad privada, pero
todos defienden intereses propios, lo que les lleva a seleccionar los temas,
escoger las fuentes y darles un tratamiento diferenciado. Todo ello sin aludir
al lenguaje de los políticos enfocado a andarse por las ramas, evitar
pronunciamientos definidos, desviar la atención o salirse por cerros de Úbeda y
eludir cualquier relación entre las preguntas y las respuestas. En una palabra,
lo que se busca es manipular la información coherente con el objetivo buscado.
Detectar la manipulación y formar
criterio propio es sumamente difícil. Lo que debiera ser aliciente de reflexión
se transforma en vehículo de posturas preconcebidas.
El objetivo, expreso u oculto, es disuadir
al receptor de pensar por su cuenta y cerrar el paso a ciudadanos conscientes,
responsables y críticos. Con tal fin se eluden cuestiones que nos deberían
preocupar y se sustituyen por la trivialización de otras materias como el
chismorreo.
Hay muchos temas que no reciben el
tratamiento informativo acorde con su importancia o no se profundiza en ellos,
en sus causas o consecuencias y sobre los cuales conviene tener opinión formada.
A título de ejemplo, he aquí un resumido catálogo:
-
La escandalosa y
truculenta formación del precio de la electricidad que nos obliga a pagar la
tarifa más cara de Europa.
-
El negro futuro
que espera a las pensiones de los jóvenes al no poder cotizar lo suficiente a
consecuencia del paro.
-
La injustificable
pervivencia de los paraísos fiscales donde se aparcan enormes capitales huidos
del fisco.
-
La falta de una
reforma fiscal equitativa y progresiva, que cumpla los requisitos señalados por
el art. 31 de la Constitución.
-
El inexplicable
retraso de la promulgación de una ley que combata eficazmente la ola de
corrupción tanto con medidas preventivas como represivas.
El temario podría alargarse mucho más, a lo
que renuncia en aras de la brevedad a la que debe ajustarse un artículo.
Para evitar el desgaste de las neuronas y
que la gente se evada de la “funesta manía de pensar” que le prometieron a
Fernando VII en la
Universidad de Cervera, la receta más socorrida es hablar y
escribir largo y tendido de deportes con especial hincapié en el fútbol que
vino a sustituir con ventaja el “pan y circo” de los romanos.
Por
su parte, los Gobiernos emplean con profusión mecanismos informativos como
maniobras de distracción creando problemas artificiales que eviten el debate
público sobre otros de mayor enjundia que no se quiere o no se puede afrontar.
¿Por qué Rodríguez Zapatero sacó en 2010 a la palestra la
reforma de la ley del aborto sin que existiera demanda social por el cambio de
la que estaba en vigor desde 1985? Sencillamente porque convenía hablar lo
menos posible de la crisis, antes negada, y de las antisociales medidas que
tomó para combatirla.
¿A qué se debió que Rajoy, como un mago que
saca un conejo de la chistera, aprobase en Consejo de Ministros otra ley sobre
el aborto que nadie reclamaba, para complacer a la Conferencia Episcopal
y al sector más ultracatólico de su partido? Porque había que desviar la
atención de los seis millones de parados, de las nefastas consecuencia de la
reforma laboral, de la multiplicación de la deuda pública, de los desahucios,
de los cierres de empresas, etc.
Un motivo recurrente de maniobras de
distracción lo constituye la colonia de Gibraltar y las incidencias a que da
lugar. Se suceden las declaraciones opuestas de ambas partes, y cuando parece
que se avecina una crisis en las relaciones con Gran Bretaña, el tema se
desvanece por si solo sin que nada cambie… hasta la próxima a reedición como
viene sucediendo desde hace 300 años.
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