Probablemente no haya hipérbole en la
consideración del petróleo como el producto natural que más ha influido en la
historia, con excepción del oro, especialmente a partir de la
Gran Guerra, en cuyo resultado tuvo un
papel decisivo. No en vano mereció el nombre de oro negro.
Desde que en 1859 fue perforado en
Titusville (Pensilvania, EE.UU.) el primer pozo petrolífero por un autotitulado
coronel Drake, el control de su producción y comercialización produjo enormes
fortunas, guió la política exterior de grandes potencias y causó numerosas
guerras. Baste recordar la que
sostuvieron Bolivia y Paraguay desde 1932 a 1935, las que enfrentaron a las naciones del Próximo Oriente, las dos
invasiones norteamericanas de Irak, y por último, la que recientemente llevó a
la independencia de Sudán del Sur, que sigue siendo escenario de luchas
tribales por el dominio de los yacimientos.
El temor al agotamiento de las reservas y
el encarecimiento del precio desde 1973, impuesto por los países productores
miembros de la
Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) ha
inducido a los países industrializados a buscar fuentes alternativas que
primero consistió en potenciar las
energías renovables, principalmente la eólica y la solar, y recientemente acudiendo
en Estados Unidos al “fracking”, técnica consistente en la fractura hidráulica
de rocas para extraer de ellas gas y petróleo. Esta forma de producir
hidrocarburos tiene defensores y detractores. Estos últimos le atribuyen
perforación de acuíferos, pequeños terremotos y contaminación de aguas
subterráneas.
Frente a estas prevenciones, Norteamérica
emplea esta técnica sin reparos, y los frutos son prometedores. La producción
de crudo que fue de cinco millones de barriles en 2008, menos de la mitad de su
consumo, se aproximó en 2013
a ocho millones y se especula que en pocos años no
solamente abastecerá sus necesidades sino que podrá exportar.
Si la hipótesis se confirmara como parece
probable, significaría un vuelco en la economía mundial con manifestaciones de
gran calado en la política internacional. EE.UU dejaría de mimar sus relaciones
con Arabia Saudita, un país sunita que emplea parte de sus enormes ganancias en
difundir el islamismo radical Wahabita, en pugna permanente con los chiíes, la
otra rama del Islam predominante en Irán. La importancia estratégica del
Próximo Oriente, depositario del 60% de las reservas mundiales de petróleo se
vería muy menguada. El cambio favorecería la mejora de las relaciones de Irán
con Occidente y ello dejaría sin justificación la construcción del escudo
antimisiles estadounidense o guerra de las galaxias que se atribuyó a
defenderse de un posible ataque nuclear desde Teherán. También afectaría a
Venezuela como país exportador, su principal fuente de ingresos. De momento, el
“fracking” ya está influyendo en la estabilidad de precios del petróleo que
ayuda a superar la crisis económica y a frenar el declive del Tío Sam. Esta
materia prima indispensable sigue jugando un papel fundamental en la economía y
las relaciones internacionales.
Los países como España que carecen de
yacimientos de hidrocarburos han de buscar su abastecimiento diversificando los
proveedores para evitar la dependencia de un monopolio de oferta,
compaginándolo con la obtención del mejor precio posible, ya que es la mayor
partida de importación por importe de unos 45.000 millones de euros.
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