Según relata la Biblia en el Génesis, los
primitivos israelitas habitaban en el valle del Éufrates (actual Irak). Allí
nació en fecha imprecisa comprendida entre 2165 y 2000 antes de Cristo el
patriarca Abraham (Ibrahim en árabe), descendiente de Noé, personajes ambos de
notoria importancia en la historia del pueblo judío.
Siempre según la Biblia, Abraham que desesperaba
de tener descendencia con su esposa Sara, tuvo antes un hijo con su esclava Agar,
llamado Ismael. Cuando ya tenía 99 años de edad, Dios, que todo lo puede, le
prometió que procrearía un hijo con su esposa al que llamaría Isaac, como así
ocurrió. De él descenderían los judíos y de Ismael los árabes. Ambos son, por
tanto, ramas de un mismo tronco, integrantes de la etnia semita, de Sem, el
primogénito de Noé.
Por entonces Yaveh, el dios del Antiguo
Testamento, mantenía frecuentes coloquios con el Patriarca y no solo le dio
hijos sino que le asignó tareas a desarrollar, y la primera debió ser poner a
prueba su fe. A tal efecto le ordenó sacrificar a Isaac, mas cuando ya estaba a
punto de cumplir los deseos divinos, recibió contraorden y su hijo se salvó de
perecer. Abraham no solo aseguró la
continuación de su estirpe sino que recibió otro encargo: conducir a su pueblo
a un nuevo territorio llamado Canaan situado entre el mar Mediterráneo y el río
Jordán, habitado a la sazón por descendientes de amorreos, hicsos y amurritas,
antecesores de los palestinos.
Vencidos los cananeos, los judíos
consideran su nueva patria como la Tierra Prometida que les pertenece por
derecho divino. Allí residieron hasta el año 70 de nuestra era en que el
emperador Vespasiano reprimió duramente un levantamiento, arrasó el templo de
Salomón y deportó a los hebreos que se extendieron por todo el mundo, dando
lugar a lo que se llamó la Diáspora, sin renunciar por ello a retornar algún
día.
Como resultado, los cananeos se hicieron
dueños del país sin formar un Estado independiente. En el siglo VIII se
convirtieron al islamismo y formaron parte del imperio otomano hasta que en el
siglo XX, tras la II Gran Guerra, el territorio quedó bajo administración
británica.
Desde principios de dicha centuria, se
inició la inmigración judía que se fue afirmando con la compra de tierras a los
palestinos, y con la derrota de la Alemania nazi que habían asesinado a seis
millones de judíos, estos comenzaron a llegar
en masa con el propósito de fundar
un Estado propios donde sentirse seguros, lo cual implicó, primero la
compra de tierras, y después la expulsión de los palestinos con la consiguiente
oposición armada. En 1947, Naciones Unidas, buscando un arreglo, propuso la
división del país en dos Estados entre israelíes y palestinos, pero estos
últimos se negaron a aceptar el plan, quedando de manifiesto la imposibilidad de convivir en paz con el
nuevo Estado.
Una coalición árabe formada por Siria,
Jordania y Egipto atacó por tres veces, en 1948, 1967 y 1973 a Israel y todos
ellos terminaron son sendas derrotas, gracias a la ayuda incondicional de
Estados Unidos.
Desde entonces se han sucedido los intentos
de alcanzar un acuerdo, sin que las negociaciones tuvieran éxito. El último,
patrocinado por el secretario de Estado norteamericano John Kerry, se inició en
el presente mes de setiembre y hay que rebosar optimismo para abrigar la
esperanza de que llegue a buen puerto.
Pese al supuesto parentesco que les une, la
hostilidad que se profesan hace punto menos que imposible cualquier tipo de
entendimiento, y por ello el conflicto seguirá en la agenda de la ONU siendo el
litigio más antiguo. Demasiado complejo, demasiados intereses en juego para
hallar una solución que pueda satisfacer a las dos partes directamente
implicadas y a sus padrinos. El escenario seguirá siendo un barril de pólvora
que amenaza incendiar la región.
Nos hallamos en un lugar que es santo tres
veces y está lleno de símbolos de las tres religiones, concentrados en la
ciudad de Jerusalén. Los judíos tienen allí las ruinas del templo de Salomón en
donde los creyentes piden a Yaveh sus deseos escritos en papeles que esconden
en las ranuras de las piedras. Para los cristianos fue donde predicó y fue
crucificado Jesucristo y el templo del Santo Sepulcro es el principal monumento
representativo. Finalmente, para los musulmanes fue la ciudad desde donde el
profeta Mahoma ascendió al cielo y han edificado dos grandes mezquitas llamadas
El Aqsa y La Roca. Los tres credos aseguran ser depositarios exclusivos de la
Verdad y como la Verdad es única, no puede repartirse. De ahí que cada religión
vea a las otras como falsas, y en muchas ocasiones, como enemigas. Y todo ello
a pesar de que las tres predican la paz, el amor y el perdón.
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