Afirmar que vivimos un tiempo de cambios
acelerados es una obviedad pero identificar la dirección que apuntan los
cambios, descubrir las causas que los originan y otear el futuro al que nos
conducen, es tan útil como necesario.
Una de las transformaciones más llamativas
que observamos en las políticas sociales de los gobiernos es la que tiende a
acabar con el Estado de bienestar nacido en Europa tras la II Guerra Mundial en
1945. Desde entonces se fueron creando y perfeccionando las prestaciones
sociales que amparaban a toda la población contra el paro involuntario, la
enfermedad y la ignorancia, implantándose un sistema de protección universal y
gratuito que protegía a todos contra el desamparo, desde la cuna a la tumba.
El nuevo “status” se sostenía en dos
pilares básicos: el pleno empleo y la equidad de la presión fiscal progresiva,
lográndose así una moderada redistribución personal de la renta.
A partir de los ochenta del pasado siglo
adquirió predicamento la ideología del neoliberalismo económico defendida por
el economista norteamericano Milton Friedman e implementada por el presidente
Ronald Reagan en EE.UU. y por la primera ministra Margaret Thatcher en Gran
Bretaña. La política de ambos propugnaba la liberalización de los mercados
financieros, la privatización de las empresas públicas, la flexibilidad de la
contratación laboral, la debilidad de las organizaciones sindicales y la
reducción de las prestaciones sociales.
Según esta teoría, el Estado es el problema
y no la solución, y en consecuencia, el Estado de bienestar inició un viaje
hacia el Estado de malestar. El triunfo se vio favorecido por dos
acontecimientos: el colapso del comunismo soviético y la mundialización o
globalización de la economía que obliga a competir a los trabajadores de un
país socialmente avanzado con los de otros en los que los salarios son mínimos,
la seguridad social está ausente y las medidas medioambientales brillan por su
ausencia.
Las consecuencias de estas medidas, fáciles
de prever, son, entre otras, el aumento del paro, la precarización de las
condiciones de trabajo, el aumento de la desigualdad social y, en definitiva,
las crisis socioeconómicas. Si a todo esto añadimos el efecto de los adelantos
técnicos que eliminan del mercado a parte importante de la mano de obra en los
procesos productivos, es fácil prever un panorama sombrío que puede provocar
inestabilidad socioeconómica.
El remedio está en manos de las élites
políticas y culturales pero también en el pueblo, por el poder que le otorga su
capacidad de elegir a gobernantes que ofrezcan proyectos audaces, realistas y
viables de reformas adaptadas a los cambios sin renunciar a la solidaridad y a
la justicia. Si una economía consigue aumentar el PIB, debe buscar un reparto
equitativo de los frutos del crecimiento, evitando que se acumulen en las
minorías opulentas a costa de las clases más vulnerables.
Hasta ahora, una de las causas de que esta
tendencia negativa se consolidase fue el pecado por acción u omisión de la
socialdemocracia que se acomodó a los dictados de los partidos conservadores y
secundó sus medidas encaminadas a rebajar impuestos directos, aceptar la
precarización del trabajo, o mirar para otro lado cuando la participación del
factor trabajo en la renta nacional se empequeñecía a ojos vista en beneficio
del capital.
El más reciente gesto de esta política
antisocial se lo debemos al rey de Holanda que en septiembre pasado pronunció
un discurso dictado por el gobierno socialdemócrata en el que dio por muerto al
Estado de bienestar para pasar a una sociedad más “participativa”, consistente
en que los ciudadanos se las arreglen como puedan, es decir asumiendo gastos
propios de sanidad, educación y desempleo que hasta ahora se consideraban
deberes del Estado.
Si se continúa tensando la cuerda, y si,
como enseña la física, toda acción provoca una reacción igual y contraria, es
de temer que la situación desemboque a medio plazo en un estallido social.
Desgraciadamente, la historia es pródiga en ejemplos en los que la injusticia
pertinaz abrió las compuertas a la violencia ciega de las masas exasperadas.
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