sábado, 4 de diciembre de 2010

Viaje al espacio lejano

La nave espacial había despegado de la base con toda normalidad, llevando a bordo un considerable instrumental científico que sería manejado y controlado por la pareja de astronautas formado por Bartosena, de 29 años de edad y Arquelao, de 32. El objetivo previsto del viaje era orbitar la Luna a 10.000 kilómetros de distancia con el fin de fotografiar y cartografiar la superficie lunar y registrar, entre otros datos, la luminosidad y temperatura que permitiera seleccionar el lugar más idóneo en el que alunizar y establecer una colonia permanente. Una vez puesta en órbita la nave, todo transcurría con normalidad.

De repente, una espesa nubosidad envolvió la nave, los paneles de mando dejaron de funcionar y los dos tripulantes se quedaron profundamente dormidos. Cuando despertaron, sin poder precisar el tiempo que habían estado durmiendo, se encontraron en un amplio salón rectangular con las paredes y el techo pintados de azul claro, rodeados por diez seres extraños que les observaban inquisitivamente.

Los alienígenas eran de baja estatura, estaban desnudos, y su figura se parecía a los humanos, excepto que tenían un ojo en la frente y otro en el cogote. Hablaban entre sí en un idioma ininteligible, y uno de ellos daba vueltas alrededor de sus huéspedes al tiempo que se dirigía a los demás, al parecer para explicarles las características morfológicas de los terrícolas que no daban crédito a lo que veían.

Transcurrida aproximadamente una hora de mutuo examen visual, uno de los extraterrestres se dirigió en español a los visitantes con gran sorpresa de éstos. Les explicó que se hallaban en el planeta Carpetania, uno de los dieciocho que giraban en torno a la estrella Sfenos, integrante a su vez de la galaxia Esplendor. Informó que conocían el español porque captaban las emisiones de radio, que sus exploraciones radioeléctricas del espacio habían detectado la presencia de la nave alrededor de la Luna y decidieron apoderarse de ella y trasladarla a su planeta para conocer la civilización terrestre. Deseaban saber cómo había evolucionado la vida en el diminuto planeta del sistema solar, una vez comprobado que los demás no estaban habitados.

Después de estas presentaciones, iniciaron un interrogatorio de los prisioneros para conocer cómo estaba organizada la convivencia en la Tierra, cómo se relacionaban los distintos pueblos entre sí, cómo era la forma de vida, los hábitos y costumbres, si se regían por normas consensuadas que garantizaban la igualdad de derechos, la libertad y el bienestar general y, en definitiva, si las relaciones interpersonales eran pacíficas, cordiales y armoniosas, y cómo se resolvían las discrepancias.

Las cuestiones por las que más se interesaron los alienígenas versaron sobre estos asuntos:

- ¿No se reconocen en la Tierra a todas las personas las mismas aspiraciones y necesidades, y en consecuencia, los mismos derechos?

¿Por qué practicáis con tanta frecuencia las discriminaciones?

- ¿Qué ventajas reporta dividir vuestro pequeño planeta en 200 naciones?

- ¿Por qué, considerándoos tan inteligentes, no habéis adoptado una lengua común para entenderos mejor?

- Qué justificación aducís para vivir siempre en guerra?

- ¿Cómo habéis organizado la convivencia de forma tal que unos pocos sometan y exploten a la mayoría?

- ¿Por qué os habéis dotado de tantos dioses enfrentados entre sí?

A todas estas preguntas contestaron detalladamente los astronautas y sus explicaciones causaban asombro a los carpetanos, que no concebían el recurso a la violencia y las guerras entre individuos y pueblos de la misma especie.

A continuación se abrió un amplio diálogo entre terrícolas y carpetanos y los primeros pudieron saber que el planeta donde se hallaban era un imperio único, con un gobierno elegido democráticamente que aseguraba a todos los ciudadanos la cobertura de sus necesidades básicas y aseguraba la equidad en el reparto de los ingresos. Todas las personas –si así pudiéramos llamarlas- aceptaban practicar de buen grado la solidaridad y el respeto mutuo, y la educación había conseguido que estos sentimientos fuesen vividos como algo espontáneo y natural.

Tras un prolongado intercambio de informaciones, el que parecía portavoz de los carpetanos sentenció que la evolución de los habitantes de la Tierra se hallaba en una fase primitiva y que no interesaba establecer contactos porque nada bueno podían aprender de ellos y correr el riesgo de posible contagio de sus hábitos antisociales.

Llegados a esta conclusión, los dos astronautas fueron invitados a elegir entre quedarse o regresar a su país de origen. La elección recayó en seguir donde se hallaban, pues comprendieron que el estilo de vida que habían dejado era de peor calidad que el que les ofrecían sus anfitriones.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Vida y muerte de los imperios

La historia, maestra de la vida, nos enseña que los imperios desfilan, unos a paso de carga y otros a paso lento, pero todos experimentan la misma transformación que los seres vivos, o sea, nacen, crecen y tras un período más o menos prolongado, languidecen y pierden su papel hegemónico para dar paso a otros competidores que repetirán igual proceso. El siglo XX fue letal para los imperios. En ese período llegaron a su fin el austriaco, el alemán, el portugués, el turco, el ruso, el francés y el británico en Europa, y en Asia, el chino y el japonés. Todos fueron borrados del mapa por dos guerras que se conocen con el apelativo de mundiales.

El auge y caída de estos imperios geopolíticos siempre ha despertado el interés de los historiadores y filósofos de la historia preocupados por identificar las causas y supuestas leyes que expliquen el ciclo vital al que parecen estar sometidos, que reproduce a gran escala el curso fatal ontogénico. Uno de los primeros autores en ocuparse de esta cuestión fue San Agustín en su libro “De civitate Dei”. En el siglo pasado quienes más destacaron en esta materia fueron Oswald Spengler en su obra “La decadencia de Occidente” y Arnold Toynbee que escribió su voluminoso tratado “Un estudio de la historia”. Actualmente goza de renombre el inglés, radicado en Estados Unidos, Paul Kennedy, que publicó en 1988 el libro “Auge y caída de los grandes imperios”.

La duración de los imperios como tales varía mucho según los casos, oscilando entre los cuatro siglos que se mantuvo el imperio romano y los doce años que sobrevivió el III Reich, cuyo promotor, Adolfo Hitler, le había pronosticado mil años de vida.

Las teorías más plausibles sostienen que la génesis y el ocaso están relacionados con la evolución de su poderío económico. En el origen podrían estar implicados cambios tecnológicos en una nación que representarían una ventaja y sobre ella se asentaría su ulterior superioridad militar.
Ciertamente, parece irrebatible que en el inicio y la profundización del declive influyen diversos factores concomitantes entre los que el económico desempeña un papel relevante. Así lo entendió el historiador Ramón Carande refiriéndose a España, cuya decadencia atribuyó a la excesiva carga fiscal soportada para financiar las interminables guerras del emperador Carlos I de España y V de Alemania.

Con los precedentes conocidos resulta apasionante predecir la posible evolución de la única superpotencia que existe desde el fin de la II Guerra Mundial, es decir, Estados Unidos. A tal fin puede ser útil comenzar por el examen de los puntos fuertes y débiles que concurren en su caso.

Hoy por hoy, EE.UU. ocupa la primacía de lo que se ha dado en llamar “poder duro”, identificado con la potencia política y militar. En efecto, es uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad con derecho a veto y es el socio más influyente de los principales organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, cuyas sedes radican en Washington. Posee el ejército más poderoso y dispone de superioridad de armamento nuclear. Sus servicios secretos, apoyados por satélites espaciales, conocen al instante lo que pasa en cualquier lugar del planeta y su presupuesto de defensa para 2010 asciende a 750.000 millones de dólares, equivalente al 40% de lo que gasta el resto del mundo con los mismos fines. En suma, nunca se había registrado una concentración tal de riqueza y poderío en un solo Estado.

En el aspecto económico ocupa el primer lugar a mucha distancia del siguiente en la producción de bienes y servicios; el dólar es la moneda de reserva del mundo y sus multinacionales tienen intereses en todo el orbe.

Frente a este alarde de poder político, militar y económico se alzan los contrapoderes que amenazan la continuidad del hegemonismo norteamericano. Son los puntos débiles del imperio entre los que merecen citarse los siguientes:
  1. Los excesivos compromisos políticos y militares derivados del papel de gendarme del mundo.
  2. La dependencia del petróleo, cuyo suministro proviene de la región del Próximo Oriente, la más inestable del escenario internacional.
  3. La proliferación de armas nucleares en países que desafían al coloso (Corea del Norte, Irán y otros que podrían imitarles).
  4. La irrupción de nuevos competidores del grupo llamado BRIC (Brasil, Rusia, India y China) de los que los dos últimos, que son los primeros por su población, avanzan a pasos rápidos en su crecimiento económico en tanto EE.UU. sufre los efectos de la crisis, la segunda más profunda de la historia.
  5. La ausencia de “poder blando” representado por la carencia de liderazgo moral que se acusa en hechos tan notorios como su escasa participación proporcional en la ayuda al desarrollo, su connivencia con gobiernos dictatoriales, corruptos y negadores de los derechos humanos, en contraste con sus prédicas democráticas; el doble rasero político con Israel y los países árabes que hace imposible la solución del conflicto israelo-palestino y sirve de pretexto al terrorismo internacional de Al Qaeda.
A la larga crónica de la historia que acreditan hechos tan deplorables como las intervenciones repetidas en los asuntos internos de Latinoamérica o el haber sido el único país que empleó dos veces la bomba atómica o las armas químicas en Vietnam, el presidente Bush le puso la guinda con la invasión de Irak y Afganistán y con los vergonzosos abusos de Abu Graib y Guantánamo. De ahí arranca la ola de antiamericanismo que se extiende por el mundo.

El final del imperio estadounidense parece ineluctable pero no de forma catastrófica sino a ritmo lento a través de un proceso de desgaste coincidente con el creciente desarrollo de sus rivales.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Delitos y pecados

Cuando una autoridad impone unas determinadas normas, su incumplimiento comporta un condigno castigo a quien las infringe. Si la infracción es de orden civil constituye una falta o delito; tratándose de materia religioso, la contravención se denomina pecado que puede ser según su gravedad, venial o mortal. Al contrario de lo que configura un delito que solo abarca acciones u omisiones voluntarias punibles, el pecado (de “pedicatum”, que significa cepo o lazo que ata los pies), puede cometerse por acción, omisión, deseo o simple pensamiento, de tal modo que son muy difusas las fronteras, y el creyente pocas veces estará seguro de ser culpable o inocente.

Tanto la potestad civil como la religiosa tiene su propio catálogo de delitos y pecados, que no tienen porque coincidir, pero ambas tienen en común la evolución experimentada en el tratamiento de las transgresiones a partir de los dos últimos siglos. La sociedad civil evolucionó en sentido favorable a la libertad y dignidad del individuo, y así, entre otros hechos, dejaron de ser punibles las opiniones discrepantes con las de las autoridades, la blasfemia, el uso de la libertad de expresión y de reunión, al tiempo que propugnaba la igualdad de derechos de ambos sexos, la separación de la Iglesia y el Estado, así como el divorcio, la convivencia extramatrimonial, y el aborto en determinadas circunstancias; pasaron en cambio a ser actividades delictivas que antes no lo eran: la esclavitud, el tráfico de drogas, el blanqueo de dinero, la trata de blancas, los atentados contra el medio ambiente, etc.

La catalogación de los pecados también ha sufrido cambios, así en su número como en su calificación, cual si la voluntad divina a la que se deben los preceptos quebrantados fuera cambiante, lo que no deja de ser contradictorio con la intemporalidad que se supone a los mandatos emanados de lo alto.

Fueron pecado en su tiempo y dejaron de serlo más tarde el préstamo con interés, no pagar los diezmos y primicias a la Iglesia o comer carne los días de abstinencia, prohibición que hasta no hace mucho era dispensada a cambio de adquirir la bula al párroco. También se incurría en pecado creyendo o diciendo que el universo no se ajustaba a las descripciones de la Biblia o de las interpretaciones que de ella hacían los teólogos. Por osar decir que la tierra era redonda, fue excomulgado y castigado Galileo Galilei por los inquisidores, afirmación que ahora se acepta por la jerarquía ante la evidencia de su error. Quizás Dios haya tenido que corregir a tan celosos vigilantes de la ortodoxia. En cambio, hasta el I Concilio Vaticano de 1870 estaba permitido dudar de que la Virgen hubiera sido concebida sin pecado, lo que hoy sería pecaminoso. El mismo Concilio dictaminó “que sea anatema quien diga que las ciencias humanas deberían realizarse con tal espíritu de libertad que uno puede permitirse considerar ciertas aserciones, aun cuando se opongan a la doctrina revelada”.

Mientras el poder civil se preocupa por la salud, la instrucción y la seguridad de los ciudadanos y su igualdad ante la ley, los cuidados de la Iglesia se dirigen a conseguir la salvación de las almas, a las que, parece, le sienta muy mal todo lo relacionado con el sexo. Frente a la permisividad creciente de la sociedad en dicha materia, la jerarquía eclesiástica considera pecaminoso todo lo relacionado con el sexo, incluso dentro del matrimonio si no va encaminado directamente a la procreación, y se opone tajantemente a las relaciones extramatrimoniales, al onanismo, a los anticonceptivos, a la reproducción asistida, al divorcio, al aborto y a la homosexualidad.

En el plano de las ideas es donde se producen más colisiones entre la normativa civil y religiosa o entre los delitos y los pecados. En materia religiosa, la Iglesia prácticamente se opone a toda innovación científica o ideológica. En tal sentido, con mayor o menor rigor estigmatizó la teoría de la evolución. La democracia, el modernismo, el socialismo, el comunismo, el liberalismo, y para combatir su difusión creó un extenso índice de libros prohibidos, cuya lectura estaba vedada a los fieles. No está claro cuales de estas censuras continúan vigentes. Se dan casos en que lo estatuído en el Código Penal es contravenido por las autoridades religiosas y viceversa. En tanto la discriminación por razón de sexo está penalizada por la ley, la Iglesia la practica en el sacerdocio, y mientras la pena de muerte fue abolida por la Constitución, está reconocida en determinados casos por la doctrina religiosa plasmada en el catecismo.

Tales diferencias de criterio crean situaciones de confusión y ambigüedad. Por ejemplo, mientras las autoridades civiles no discuten las normas eclesiásticas, ni aun cuando vulneren los principios constitucionales, ni interfieren en la designación de los obispos, el clero no observa la regla de reciprocidad y presiona por todos los medios a su alcance para impedir la aprobación de determinadas leyes por el Parlamento (divorcio, aborto, eutanasia, parejas de hecho, parejas del mismo sexo, enseñanza de la religión, participación en el reparto del IRPF de libre designación, etc) y cuando finalmente pierde la batalla y las disposiciones entran en vigor, las desacredita y presiona a los electores para que no voten a los partidos que las mantienen en sus programas.

martes, 2 de noviembre de 2010

Carta abierta a Benedicto XVI

Con motivo de su visita pastoral a Santiago de Compostela, me permito rogarle que promueva la introducción de reformas valientes y trascendentales en la Iglesia, de las que está necesitada para difundir con el ejemplo la doctrina de Jesús de Nazaret.

Con este propósito, me tomo la libertad de proponer a Su Santidad algunas de tales medidas.

Renunciar a la pompa y el boato y practicar la pobreza, o al menos la austeridad como pide la letra y el espíritu del Evangelio.

Que la Iglesia se sienta más próxima a los pobres y desvalidos, que comparta sus problemas y defienda sus derechos frente a los poderosos.

Que muestre su preocupación por la injusticia social, defienda los derechos de los trabajadores y se implique en el apoyo a los sectores sociales más desprotegidos (mujeres maltratadas y asesinadas, inmigrantes, homosexuales, prostitutas, ex-presos, etc), ya que todos ellos son nuestros prójimos.

Suprimir la Guardia Suiza, como símbolo de tiempos lejanos en que existían los Estados Pontificios y que evocan el poder y la violencia, incompatibles con el amor y la paz que Cristo predicó.

martes, 19 de octubre de 2010

El dilema ciencia-religión

Stephen Hawking ha demostrado recientemente (el 02-09-10) ser además de un eminente científico, un experto hombre de negocios. Escribió al alimón con el físico estadounidense Leonard Mladinow un nuevo libro titulado “The Grand Design” (El gran diseño y antes de que apareciese en las librerías adelantó a la prensa algunos extractos para asegurarse de esta forma el impacto publicitario y convertirlo en un superventas. Todo un ejercicio inteligente de marketing que a buen seguro le proporcionará sustanciosos ingresos. No sabemos qué parte se debe al autor y la que le corresponde al editor.
En la parte dada a conocer del contenido afirma que Dios no es el constructor del Universo, porque éste se originó de la nada, como una consecuencia inevitable de las leyes de la física, sin aportar nada nuevo que avale su declaración. No obstante, dada la fama del autor, su provocación produjo un gran revuelo, con la intervención, tanto de astrofísicos como de prelados y teólogos, lo que sin duda contribuirá al éxito de ventas.
Anteriormente, Hawking había sostenido en su libro “Una historia del tiempo”, que también fue un bestseller, la necesidad de un Dios creador para la comprensión científica del Universo, pero como rectificar es de sabios, así lo hizo él ahora.
El astrofísico británico puede decir que Dios ha muerto como antes lo hizo Nietzsche, pero Dios sigue tan vivo como siempre en la conciencia de sus fieles. Fue Nietzsche quien murió, como le ocurrirá en su día a Hawking.
La parte conocida del libro se limita a apuntar que la comunidad científica está próxima a elaborar una “teoría del todo” como marco capaz de de aunar las dos grandes teorías de la física, la relatividad general y la mecánica cuántica, hasta ahora inconsistentes. Es decir, la teoría unificada con la que soñaba Einstein. Pero esto no es más que una predicción, que puede cumplirse o no.
El aludido episodio vino a reverdecer el problema irresuelto de la compatibilidad de ciencia y religión. Tanto una como otra tienen camino propio y fines diferentes que no tienen por que colisionar. La ciencia busca el conocimiento valiéndose del método científico y la religión se nutre de la verdad revelada para fundamentar sus dogmas. La ciencia progresa por medio de la experimentación y considera sus verdades provisionales en tanto posteriores ensayos no demuestren su falsedad. La religión, por el contrario, asume sus dogmas como eternas e inmutables y no necesita más apoyo que la fe.
La ciencia es vital para hacer más cómoda la vida y a ella debemos el superior conocimiento de la naturaleza y la liberación de temores irracionales, que nuestros antepasados sufrieron por su ignorancia. Y no sólo contribuyen las ciencias duras; seguimos necesitando tanto como Sócrates el conocimiento de nosotros mismos. Hemos avanzado mucho en el conocimiento del Cosmos pero mucho menos en las ciencias sociales, y tenemos necesidad de saber por qué somos incapaces de convivir sin combatirnos.
La religión aspira a explicar el sentido de la vida y da normas morales para alcanzar un mundo más justo en el más allá, un lugar libre de las imperfecciones que conocemos y sufrimos los vivos.
Suele citarse una encuesta publicada en 1997 en la revista “Nature” para juzgar si los científicos participan de las creencias religiosas. El resultado que arrojó fue que el 40% de biólogos, físicos y matemáticos reconocieron ser creyentes, en tanto que el resto opinaban que ser investigador riguroso es incompatible con la creencia en Dios. Precisamente, tres días después de que Hawking saliera a la palestra, el 5 de septiembre, fallecía en Roma el eminente físico de partículas Nicola Cabibbo, que fue presidente de la Academia Pontificia de Ciencias, confesaba ser católico practicante y tomó parte en debates sobre ciencia y religión. En uno de ellos con Arno Penzias, premio Nobel de Física 1078, éste declaraba que una teoría científica para ser plausible debería predecir algo medible y verificable, condiciones que, obviamente, no reúnen las creencias religiosas. Sin embargo, tanto Newton como Descartes fueron devotos creyentes.
La ciencia reconoce sus limitaciones, y así, por ejemplo, no pasan de ser simples especulaciones la posible existencia de otros universos distintos del que conocemos, o el fin último que inspiró la creación del Universo. Es sabido que muchos fenómenos aun no tienen una explicación racional, y así se acepta. Bertrand Russell refiere que cuando en el siglo XIV apareció en Europa la peste negra la medicina no tenía nada que decir porque desconocía el tratamiento que podía darse a la enfermedad. En cambio, los predicadores exhortaban a rezar en los templos para impetrar la protección divina. El resultado fue que la aglomeración de la gente agravó los estragos de la pandemia. Por cierto que Russell tuvo en su juventud profundas convicciones religiosas que abandonó posteriormente.
Sólo la religión puede dar respuesta a la intención que supuestamente guió al Creador al hacer realidad el Universo y dar nacimiento a Adán y Eva, si bien es dudoso que pueda dar fe de si en los planes de Dios estaba que nuestros primeros padres vivieran solos en el paraíso o si les asignaba el papel de fundadores de la humanidad.
Están tan fuera de sus papel los científicos que discuten la existencia de Dios como los creyentes que rechazan los hallazgos de la ciencia o ponen trabas a la investigación simplemente porque creen que se oponen a la sabiduría establecida. Unos y otros deberían evitar invadir terreno ajeno.
La idea de que algo salga de la nada repugna a la razón, pero tratándose de Dios al que se considera omnisciente y omnipotente, no hay imposibles. Podría haber hecho primero la nada y dar paso después a la creación. Claro que siempre se podría formular la pregunta de quién hizo a Dios, pero esto forma parte de la serie de interrogantes sin respuesta posible.
Para que ciencia y religión o viceversa puedan convivir pacíficamente, es necesario que los adeptos de ambas defiendan sus respectivos puntos de vista exclusivamente con argumentos dialécticos, sin ofender al discrepante. No es prudente ni justo que los científicos ataquen las creencias religiosas, como tampoco lo es que los fieles pretendan
impedir el voluntario disfrute de los inventos por prejuicios religiosos. En este contexto, los amantes de la ciencia han acreditado una mayor tolerancia que los defensores de la fe. Nadie fue nunca obligado a aceptar la validez de los principios científicos o una ley física, y en cambio, las guerras de religión han hecho correr ríos de sangre.
Cuando Galileo, por medio del telescopio, comprobó que la Tierra no era el centro del Universo como había predicho Copérnico, se limitó a exponer lo que veía pero no obligó a nadie a darlo por irrefutable. No obstante, la jerarquía católica, por entender que el descubrimiento contravenía las Sagradas Escrituras le obligó a desdecirse, le impuso silencio y le privó de libertad. Sólo cuatro siglos más tarde la Iglesia pidió perdón y reconoció la injusticia que se había cometido con él.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Inversiones y progreso

Como el despertar de un mal sueño, la Xunta descubre la magnitud de la crisis económica y busca desesperadamente dónde ahorrar unos euros para cuadrar sus cuentas, al tiempo que descarga las culpas sobre el bipartito que le precedió y sobre el gobierno central, que por algo no es de su partido. El presidente debería recordar que fue elegido porque ofrecía soluciones y no quejas.
Por más que la crisis tenga su origen allende las fronteras, es lo cierto que la profundidad con que acá la sentimos viene agravada por pecados propios cometidos desde años ha. La forma en que se ha despilfarrado el dinero por las Administraciones ha dejado una pesada herencia que deja exhaustas las arcas públicas y obliga a usar las tijeras para prescindir de gastos, aunque conlleve recortes de prestaciones sociales.
Durante años se ha llevado a cabo una política inversora nefasta, dilapidando los recursos públicos en infraestructuras faraónicas, unas veces redundante, otras, suntuarias y casi siempre de discutible justificación desde el punto de vista rentable, de la disponibilidad efectiva de medios y del volumen de la demanda social. Por lo general se ha tenido más en cuenta complacer a votantes en campañas electorales, con criterios populistas, que en aplicar la técnica de coste-beneficio.
Y como obras son amores, he aquí algunos botones de muestra:
1. El mastodóntico proyecto de la Ciudad de la Cultura, encargado a un famoso arquitecto extranjero, a mayor gloria del a la sazón presidente de la Xunta, Manuel Fraga, no solo se aprobó sin determinar previamente los usos de sus instalaciones sino que faltó también una previsión realista de su coste.
2. De mayor antigüedad data el acuerdo de ampliar de una a siete el número de universidades, con el resultado de que ninguna figure entre las 200 mejores del mundo.
3. Cuando se produjo el desastre del “Prestige” no había en Galicia ningún puerto al que pudiese atracar un barco en peligro con riesgo de contaminación. Como reacción se construye no un superpuerto sino dos, uno en A Coruña y otro en Ferrol, separados por 60 kilómetros sin que nadie explique la razón del dispendio.
4. Tener tres aeropuertos bien equipados en el borde occidental de la región, dos de ellos en la misma provincia, separados por 60 km. de autopista con una población gallega de 2,7 millones de personas, da lugar a la escasa demanda, con el consiguiente déficit de explotación de los tres. Ante esta infraocupación, las presiones locales se disparan para que las autoridades concedan ayudas a las compañías de bajo coste, como si fuera admisible que los impuestos financien viajes turísticos o de negocios.
5. Por su parte, las Administraciones locales han prodigado sus afanes inversores en piscinas climatizadas o no, campos de fútbol parroquiales con o sin césped artificial, auditorios, centros culturales, etc. que distan mucho de tener un nivel aceptable de actividad que justifique el coste y los gastos de mantenimiento.
Ejemplos similares podrían multiplicarse, pero como muestra basta lo expuesto para apreciar la importancia del desaguisado. Como lo que se invierte en una obra resta medios para acometer otra, aunque sea más necesaria, han quedado fuera de concurso entre otras, el saneamiento de las rías y ríos, la dotación de guarderías infantiles y de residencias geriátricas por las que suspiran muchas familias, y sobre todo la inversión en I+D+i que coloca a la autonomía gallega en el vagón de cola de España y no digamos en el ámbito europeo. Esta postergación de la ciencia básica y aplicada es causa relevante de nuestro atraso económico que mantiene a nuestra región entre las más pobres de España.
Todo lo dicho supone un orden prioritario ajeno a la racionalidad, con el agravante de que ha puesto a muchos ayuntamientos al borden de la quiebra. Se impone una rectificación que haga uso del realismo y del sentido común, por desgracia poco común.

martes, 21 de septiembre de 2010

La Babel europea

Según cuenta la Sagrada Escritura, cuando los descendientes de Noé construyeron la famosa torre de Babel (nombre hebreo de Babilonia) a orillas del Eufrates, con la pretensión de alcanzar el cielo (Génesis,11) hablaban todos el mismo idioma, “que era el principio de sus empresas”, pero el proyecto de llegar tan alto no agradó al Creador, que en castigo les condenó a la confusión de lenguas “para que no entendieran más los unos con los otros”.
Desde entonces la maldición bíblica sigue vigente, y cada grupo étnico se lió a crear su propio código de expresión al que atribuyó el valor de máxima seña de identidad, con tal éxito que los filólogos no se ponen de acuerdo sobre el número exacto de los que se emplean en la actualidad, sin contar los muchos que naufragaron en el torrente de la historia. En nuestros días la personificación de la babélica torre corresponde sin duda a Bruselas por las múltiples capitalidades que acumula y la consiguiente mezcla idiomática que conlleva.
Bruselas, además de ser la capital belga lo es también de la Unión Europea y de la OTAN, convirtiéndose de hecho en la cabeza política, diplomática y militar del continente y conformando tal vez el complejo administrativo más amplio del mundo, con la posible excepción de Nueva York, sede de la ONU. Esto da a los bruselenses un marcado carácter cosmopolita, como muestra el hecho de que cuarenta de cada cien residentes son extranjeros. Funcionarios, políticos, diplomáticos y militares se dan cita en la urbe, donde existen tres parlamentos y tres ejecutivos, aparte de la corporación municipal..
Consecuencia de la concentración funcionarial propia y foránea es el gran número de lenguas que allí concurren. Solamente los representan tes de los 27 Estados comunitarios bastarían para darle colorido a la diversidad lingüística, pero a ellos hay que añadir las representaciones diplomáticas acreditadas ante el gobierno belga y la Comisión Europea. De todo ello resulta que ni el más prodigioso políglota podría identificar todas las hablas que se oyen en la Grand Place.
Bruselas es una ciudad multilingüe, pues constituye un enclave francófono en territorio flamenco, de forma que su nombre oficial es Bruselles para la población valona que se expresa en francés y Brusel para los moradores flamencos del Norte que tiene como lengua propia el neerlandés. Sobre este basamento bilingüe se asientan los hablantes de los socios de la UE que se mezclan con los inmigrantes de países extracomunitarios, como turcos, árabes o serbios.
Es obvio que Bruselas sería un pandemonium si cada cual pretendiera valerse de su lengua materna, por lo que el francés y sobre todo el inglés absorben los papeles principales de la comunicación, en perjuicio de los demás que son considerados huéspedes de segunda clase. El inglés va camino de instalarse como jerga común o lengua puente (a pesar de ser superada por la alemana en número de hablantes y ser vernácula del socio menos europeista), con lo que supone de claudicación colectiva ante la cultura anglosajona, al no prosperar la opción del esperanto que habría sido la solución más lógica y racional al no estar vinculado a ninguna potencia. La racionalidad no siempre es reconocible en las decisiones humanas.
Lo curioso es que una ciudad con voluntad internacional sea incapaz de convivir en armonía entre flamencos y valones, cuyas diferencias en torno a la forma del Estado ponen en riesgo la unidad de Bélgica.
Lamentablemente, los belgas no imitan el modelo suizo que mantiene vivas cuatro lenguas sin poner en peligro la unidad nacional.