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martes, 26 de abril de 2011

Un mes de infarto

Probablemente marzo de 2011 pasará a los anales de la historia como un mes singular por la cantidad y calidad de los acontecimientos que en él tuvieron lugar cuyos efectos sin duda pesarán en los años venideros.
El primero de obligada referencia fue el horrísono terremoto de 9 grados en la escala de Richter, seguido de un maremoto con olas de 10 metros de alto que abatieron y devastaron la parte nororiental de Japón el día 11.
A consecuencia de ambos fenómenos extremos murieron o desaparecieron unas 30.000 personas, y la central atómica de Fukushima de seis reactores, sufrió un grave deterioro con fugas de radiactividad que obligaron a las autoridades a ordenar el desplazamiento de la población en un radio de 30 kilómetros. La magnitud de la avería constituye el segundo desastre de esta naturaleza después del de Chernobil en 1986. Al terminar marzo, la central se hallaba fuera de control.
La alarma producida por el accidente se extendió por todos los confines y condujo a una reconsideración a fondo de las centrales nucleares como fuentes de energía, paralizó muchos de los programas de nuevas construcciones y se sometieron las existentes a más estrictas medidas de seguridad y trastornó los distintos programas de obtención de energía por la fisión de los núcleos atómicos. Por el contrario las energías renovables experimentarán un notable impulso.
El accidente reavivó el dilema entre restringir el consumo de energía –con la con siguiente reducción del nivel de vida en los países industrializados- o asumir la complementariedad de las tres fuentes de energía disponibles (fósiles, renovables y nucleares) en tanto no se pueda utilizar la energía por fusión -asumiendo las ventajas e inconvenientes y los riesgos que esta fórmula conlleva.
El segundo acontecimiento relevante ocurrió el viernes 18, consistente en la aprobación por el Consejo de Seguridad de la ONU de la Resolución 1973 que autorizó a una coalición formada por Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Italia, Canadá, España, Bélgica, Catar y Emiratos Arabes Unidos a adoptar las medidas necesarias, - incluidos los ataques aéreos- para defender la vida y la seguridad de la población libia que se rebeló contra la represión, el despotismo y la corrupción del lider Muamar el Gadafi y su gobierno.
El acuerdo del Consejo de Seguridad , fundado en la aplicación del principio de proteger a la población civil, consagrado por Naciones Unidas, puede suponer la caída del estrafalario dictador libio y con ello, un fuerte estímulo para los movimientos revolucionarios que se extienden por el norte de África desde Marruecos a Egipto contagiados a otros Estados árabes asiáticos como Jordania, Arabia, Bahrein, Siria y Yemen en demanda de justicia social y libertades democráticas. Lo que salga de los cambios en curso aun está por ver pero puede representar una nueva etapa histórica de dichos pueblos comparable con lo que significó primero el Renacimiento y siglos más tarde la Revolución Francesa o para Europa Central la caída del Muro de Berlín.
Otro aspecto del acuerdo onusiano reside en su trascendencia como precedente comprometedor frente a situaciones similares a las contempladas en Libia en las que se reaccionó de forma diferente. Si, por ejemplo, las protestas populares y la subsiguiente represión se agudizasen, ¿se reaccionaría con la misma contundencia? La respuesta es rotundamente negativa como quedó de manifiesto antes en la vulneración de los derechos humanos en Myanmar, China, Corea del Norte, Rusia o Israel. La realidad es muy compleja y ciertamente, cuando se aplican raseros diferentes a situaciones homogéneas, la justicia no merece tal nombre. No obstante, ello no debe inducirnos a censurar hechos como la intervención en el país norteafricano para evitar las represalias con que Gadafi amenazó a la población de Bengasi, una ciudad de 700.000 habitantes a la que calificó de “ratas grasientas”.
Una lección aprendida en este caso fue que, dado que la acción militar recayó sobre todo en Estados Unidos dejó constancia de que la UE no dispone de medios ni de voluntad política para afrontar en solitario situaciones de emergencia y por ello hemos de resignarnos a vivir en un mundo bajo la dirección de EE.UU. como apagafuegos. La inanidad de la UE quedó en evidencia pese a los esfuerzos de Francia por atribuirse un papel de protagonista.
Otro suceso de notable trascendencia en la política española ocurrió el día 23 protagonizada por el Tribunal Supremo al denegar la inscripción del nuevo partido Sortu con el que los abertzales vascos pretendían concurrir a las elecciones municipales del 22 de mayo de 2011, por entender que se trataba de una nueva versión de la ilegalizada Batasuna. A los simpatizantes de ETA se les cerraba de momento el derecho a participar en las instituciones, salvo que el Tribunal Constitucional, en caso de que los promotores presentasen recurso, les diese la razón. La solución final de este asunto podría influir en el futuro de ETA -al parecer en fase preagónica- y su desaparición a corto plazo como fenómeno patológico de la política española con más de 48 años de actividad criminal. Un hecho largamente esperado por la población española que pagó un doloroso tributo de centenares de asesinatos, amenazas y extorsiones.
Al día siguiente, el 24 hemos asistido alarmados a la noticia protagonizada por el Parlamento portugués al rechazar un nuevo plan de ajuste –el cuarto- presentado por el gobierno para ceder a las presiones de Bruselas y el acoso de los mercados con objeto de reducir el déficit presupuestario.
La derrota parlamentaria obligó al primer ministro, el socialista Jose Sócrates a presentar su dimisión al presidente Anibal Cavaco Silva manteniéndose el gobierno en funciones hasta las elecciones convocadas para el 5 de junio. Esta nueva situación agravará la crisis lusa al dejar atada la Administración para adoptar medidas tendentes a corregir los graves desequilibrios macroeconómicos que padece la economía e incrementar el riesgo de que Portugal tenga que acudir al rescate de la UE y el FMI que impondrían drásticas medidas de contención del déficit. Si este paso se diera, a la inestabilidad económica se uniría la inestabilidad política. Las perspectivas de Portugal son dramáticas.
Quienes hemos convivido con el acaecimiento de tantos hechos destacados como la caída del Muro de Berlín, la implosión del imperio soviético o el comienzo de la carrera espacial, tuvimos en el mes de marzo ocasión de añadir nuevas fechas a nuestro calendario de sucesos memorables preñados de consecuencias.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Vida y muerte de los imperios

La historia, maestra de la vida, nos enseña que los imperios desfilan, unos a paso de carga y otros a paso lento, pero todos experimentan la misma transformación que los seres vivos, o sea, nacen, crecen y tras un período más o menos prolongado, languidecen y pierden su papel hegemónico para dar paso a otros competidores que repetirán igual proceso. El siglo XX fue letal para los imperios. En ese período llegaron a su fin el austriaco, el alemán, el portugués, el turco, el ruso, el francés y el británico en Europa, y en Asia, el chino y el japonés. Todos fueron borrados del mapa por dos guerras que se conocen con el apelativo de mundiales.

El auge y caída de estos imperios geopolíticos siempre ha despertado el interés de los historiadores y filósofos de la historia preocupados por identificar las causas y supuestas leyes que expliquen el ciclo vital al que parecen estar sometidos, que reproduce a gran escala el curso fatal ontogénico. Uno de los primeros autores en ocuparse de esta cuestión fue San Agustín en su libro “De civitate Dei”. En el siglo pasado quienes más destacaron en esta materia fueron Oswald Spengler en su obra “La decadencia de Occidente” y Arnold Toynbee que escribió su voluminoso tratado “Un estudio de la historia”. Actualmente goza de renombre el inglés, radicado en Estados Unidos, Paul Kennedy, que publicó en 1988 el libro “Auge y caída de los grandes imperios”.

La duración de los imperios como tales varía mucho según los casos, oscilando entre los cuatro siglos que se mantuvo el imperio romano y los doce años que sobrevivió el III Reich, cuyo promotor, Adolfo Hitler, le había pronosticado mil años de vida.

Las teorías más plausibles sostienen que la génesis y el ocaso están relacionados con la evolución de su poderío económico. En el origen podrían estar implicados cambios tecnológicos en una nación que representarían una ventaja y sobre ella se asentaría su ulterior superioridad militar.
Ciertamente, parece irrebatible que en el inicio y la profundización del declive influyen diversos factores concomitantes entre los que el económico desempeña un papel relevante. Así lo entendió el historiador Ramón Carande refiriéndose a España, cuya decadencia atribuyó a la excesiva carga fiscal soportada para financiar las interminables guerras del emperador Carlos I de España y V de Alemania.

Con los precedentes conocidos resulta apasionante predecir la posible evolución de la única superpotencia que existe desde el fin de la II Guerra Mundial, es decir, Estados Unidos. A tal fin puede ser útil comenzar por el examen de los puntos fuertes y débiles que concurren en su caso.

Hoy por hoy, EE.UU. ocupa la primacía de lo que se ha dado en llamar “poder duro”, identificado con la potencia política y militar. En efecto, es uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad con derecho a veto y es el socio más influyente de los principales organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, cuyas sedes radican en Washington. Posee el ejército más poderoso y dispone de superioridad de armamento nuclear. Sus servicios secretos, apoyados por satélites espaciales, conocen al instante lo que pasa en cualquier lugar del planeta y su presupuesto de defensa para 2010 asciende a 750.000 millones de dólares, equivalente al 40% de lo que gasta el resto del mundo con los mismos fines. En suma, nunca se había registrado una concentración tal de riqueza y poderío en un solo Estado.

En el aspecto económico ocupa el primer lugar a mucha distancia del siguiente en la producción de bienes y servicios; el dólar es la moneda de reserva del mundo y sus multinacionales tienen intereses en todo el orbe.

Frente a este alarde de poder político, militar y económico se alzan los contrapoderes que amenazan la continuidad del hegemonismo norteamericano. Son los puntos débiles del imperio entre los que merecen citarse los siguientes:
  1. Los excesivos compromisos políticos y militares derivados del papel de gendarme del mundo.
  2. La dependencia del petróleo, cuyo suministro proviene de la región del Próximo Oriente, la más inestable del escenario internacional.
  3. La proliferación de armas nucleares en países que desafían al coloso (Corea del Norte, Irán y otros que podrían imitarles).
  4. La irrupción de nuevos competidores del grupo llamado BRIC (Brasil, Rusia, India y China) de los que los dos últimos, que son los primeros por su población, avanzan a pasos rápidos en su crecimiento económico en tanto EE.UU. sufre los efectos de la crisis, la segunda más profunda de la historia.
  5. La ausencia de “poder blando” representado por la carencia de liderazgo moral que se acusa en hechos tan notorios como su escasa participación proporcional en la ayuda al desarrollo, su connivencia con gobiernos dictatoriales, corruptos y negadores de los derechos humanos, en contraste con sus prédicas democráticas; el doble rasero político con Israel y los países árabes que hace imposible la solución del conflicto israelo-palestino y sirve de pretexto al terrorismo internacional de Al Qaeda.
A la larga crónica de la historia que acreditan hechos tan deplorables como las intervenciones repetidas en los asuntos internos de Latinoamérica o el haber sido el único país que empleó dos veces la bomba atómica o las armas químicas en Vietnam, el presidente Bush le puso la guinda con la invasión de Irak y Afganistán y con los vergonzosos abusos de Abu Graib y Guantánamo. De ahí arranca la ola de antiamericanismo que se extiende por el mundo.

El final del imperio estadounidense parece ineluctable pero no de forma catastrófica sino a ritmo lento a través de un proceso de desgaste coincidente con el creciente desarrollo de sus rivales.