domingo, 27 de febrero de 2011

Barrer la delincuencia

El 8 de septiembre de 2002, el a la sazón presidente del Gobierno, José María Aznar, declaró que iba a “barrer de las calles a los pequeños delincuentes que amargan la vida a los ciudadanos”. Fue significativa la precisión de que la amenaza iba dirigida a los delincuentes de poca monta, porque los grandes no frecuentan las calles sino que actúan desde despachos enmoquetados, defendidos físicamente por vigilantes jurados y jurídicamente por competentes abogados. La declaración compone una metáfora obscena porque las personas son eso y nunca basuras que barrer para arrojar al vertedero, aunque sean pobres e incluso rateros.
El sistema de palo y tente tieso debió aprenderlo Aznar de su amigo y mentor George W. Bush que mantenía a dos millones de compatriotas entre rejas y cuatro millones y medio más en libertad condicional. La aplicación de esta receta comportaba un doble objetivo: barrer las calles y reducir la tasa oficial de paro, dado que los reclusos no buscan trabajo, lo tienen asegurado bajo la atenta mirada de sus guardianes. Lo que interesa es sacar de la circulación a los que la ley tipifica como indeseables, mayoritariamente sin medios de vida.
En España tenemos actualmente unas 75.000 personas privadas de libertad. Se ve que la escoba funciona a pleno rendimiento. Bien está que las autoridades se preocupen de garantizar la seguridad ciudadana pero no con acciones represivas. Se echa en falta una política integrador para prevenir el delito y no limitarse a corregir sus efectos.
El problema debe enfocarse a largo plazo, de forma que el plan contemple las medidas necesarias que eviten las situaciones de discriminación y exclusión social porque siempre ha sido mejor prevenir que curar. A los políticos se les pide y se les paga para resolver problemas y merecerán aplauso si los evitan. En este contexto encaja la mejora de la educación y la estabilidad de los planes de estudio concebidos no como un atiborramiento de conocimientos teóricos, sino como método de inculcar valores cívicos.
Otro medio de lucha eficaz contra la delincuencia es la reforma del sistema penitenciario, dotándolo de medios suficientes para que pueda cumplir el papel que le asigna el artículo 35 de la Constitución de rehabilitar y resocializar a los reclusos a fin de que disminuya la reincidencia. Es preciso que los gobernantes se conciencien de que es mucho lo que nos jugamos en la apuesta de lograr una sociedad más justa, solidaria y cohesionada en la que nadie se siente excluido ni carezca de oportunidades acordes con sus aptitudes.
Dado que gran parte de los autores de delitos contra la propiedad proceden de las capas de la población económica y culturalmente más desfavorecidas, es imperativo invertir más en protección social a fin de que ni la necesidad ni la falta de oportunidades sean campo abonado de conductas antisociales.

miércoles, 19 de enero de 2011

La religión y los pobres

En general, las grandes religiones predican el amor al prójimo, la caridad y la austeridad de costumbres, así como el enaltecimiento de los pobres como fieles predilectos de las distintas creencias, mas los hechos no acompañan a las palabras, ni por parte de los representantes más cualificados, ni de la mayoría de los creyentes. Se hace alarde de lujo y suntuosidad en los lugares donde se rinde culto a los respectivos dioses, pero la solidaridad con los más necesitados brilla por su ausencia. Más bien puede afirmarse que allí donde predomina la religión la desigualdad es más patente, de lo que constituye una buena muestra el aspecto que ofrece el mundo musulmán.
Si trasladamos la atención a la religión cristiana y comparamos la doctrina y los hechos del Fundador con el ejemplo que dan las jerarquías eclesiásticas, el contraste no puede ser más demoledor. El centro del poder del catolicismo, el Estado Vaticano, rebosa opulencia y derroche, que en nada recuerda los humildes lugares escenarios de la primera predicación. Su imitación del ejemplo de Jesucristo es la pura negación del modelo. No en vano se dice que “vista Roma, fe perdida”. Desde el Papa, pasando por los cardenales y obispos, su aspecto no se parece en nada a la proverbial pobreza de Jesús. En su entorno, la modestia y humildad están ausentes. Por las calles romanas deambulan orondos prebostes de vestimenta talar y estómagos prominentes, a los cuales el ayuno y la abstinencia les son desconocidos.
Si los máximos representantes de la fe siguen este comportamiento, no sorprende que el ejemplo cunda en la cristiandad y por doquier se alzan suntuosas catedrales, mientras a poca distancia viven gentes en míseras chabolas y los palacios episcopales destacan por su amplitud y magnificencia. La misma contradicción entre lo que se proclama y lo que se practica hace que la desigualdad entre los creyentes sea la tónica dominante, con el pertinaz olvido del mandato evangélico “ama al prójimo como a ti mismo”. Por ello es lícito afirmar que donde la religión es omnipresente, la justicia social está ausente. Múltiples ejemplos podrían traerse a colación pero bastaría citar lo que ocurre en Iberoamérica, donde la desigualdad es extrema.
Cuando el papa Pablo VI inició las giras internacionales que su sucesor Juan Pablo II continuó multiplicadas para ser recibido en baño de multitudes, viajaba en avión especial rodeado del máximo confort y acompañado por una cohorte de religiosos y periodistas, incluido portavoz oficial, todo un despliegue de medios a distancia cósmica de la entrada de Jesús en Jerusalén a lomos de una borrica. Oh tempora! oh mores!, como exclamó Cicerón en sus “Catilinarias”.

domingo, 9 de enero de 2011

La coyuntura política

Estamos inmersos en una grave crisis económica de imprevisible evolución que tiene su reflejo, obviamente, en la situación política que vivimos, caracterizada por el fracaso de las políticas del Gobierno, la oposición irresponsable del Partido Popular y, como consecuencia, el descrédito, la desconfianza, y el rechazo de la clase política.
La política económica seguida ha sido tan ineficaz como injusta; primero por el tardío reconocimiento de la existencia de la crisis, y después por la serie de medidas descoordinadas con efecto de paños calientes, en lugar de un plan global coherente de reformas que atajasen el deterioro de la economía. Finalmente, cuando los mercados pusieron al Gobierno entre la espada de las reformas y la amenaza de la intervención, el presidente optó por cargar el peso del ajuste sobre las espaldas de los más débiles: parados, pensionistas, funcionarios, autónomos, etc.
El resultado de tantos errores no podía ser otro que el estancamiento económico, un número de desempleados sin precedentes y una preocupante tasa de inflación. Todo conforma augurios que oscurecen el horizonte del año que comienza.
No hace falta ser economista para darse cuenta de que, si el aumento de ingresos públicos para recortar el déficit presupuestario se fía a la elevación de los impuestos indirectos como el IVA, dejando intactos los que dependen del nivel de renta (IRPF), el efecto inmediato es la presión inflacionaria por el carecimiento de los precios, lo cual, automáticamente, se traduce en la reducción del consumo que a su vez provoca la ausencia de crecimiento.
Las medidas adoptadas, además de injustas –y por tanto contrarias a lo que cabría esperar de un gobierno socialdemócrata– son insuficientes, impopulares y antisociales. El efecto previsible es que hundan las expectativas electorales del PSOE, comenzando por los comicios municipales del 22 de mayo próximo mientras el PP se frota las manos de contento viendo el camino abierto para recuperar el poder, y tanto más seguro cuanto más Rodríguez Zapatero prosiga en la misma línea “cueste lo que cueste”. Al país, claro.
Sin embargo, Rajoy pide públicamente el adelanto de las elecciones como táctica política, ya que su interés consiste en que el PSOE prolongue su agonía, como muestran las sucesivas encuestas, e implemente medidas que le evitarán a él acometerlas cuando se produzca el relevo.
Para entonces completará el menú atribuyendo la culpa al Gobierno saliente, con las medidas precisas para aplicar la cura de caballo a la que son proclives los partidos de derecha. Desde luego, a buen seguro que no incrementará los impuestos a las grandes fortunas. El futuro inmediato puede conducirnos de málaga a malagón y convertir nuestro incipiente Estado de bienestar en Estado de malestar. Ojalá que estos temores resulten infundados.

martes, 4 de enero de 2011

Destronamiento del ser humano

Desde que la ciencia adquirió entidad propia y se desligó de la teología a fuerza de formular preguntas y desmontar mitos y leyendas, ha devenido en debeladora implacable del orgullo del hombre por creerse especie única semidivina, como le atribuyen las religiones monoteístas en el libro sagrado del Génesis.
En la lista de ataques a nuestro antropocentrismo, ocupa el primer lugar el asestado por el polaco Nicolás Copérnico (1473-1543) al postular que el Sol no gira alrededor de la Tierra como se sostuvo durante quince siglos desde que Tolomeo formuló la teoría geocéntrica, sino a la inversa.
Ya en el siglo XX, el paso siguiente lo dio el estadounidense Harlow Shapley (1885-1972) al descubrir que la Vía Láctea, a la que pertenece el sistema solar, además de ser mayor de lo que hasta entonces se creía, en ella el Sol no ocupa el centro ni nada de posición especial.
Más tarde, el también norteamericano Edward Hubble (1889-1953), usando el telescopio del Monte Wilson de 254 cm. (el mayor del mundo a la sazón) descubrió que nuestra galaxia no era única ni la mayor, sino una de los miles de millones que puebla el Universo.
En el orden cronológico es preciso volver al siglo XIX por haber sido testigo de la mayor acometida a nuestro narcisismo con la publicación en 1859 del libro “El origen de las especies” de Charles Darwin (1809-1882) que revolucionó las ideas establecidas acerca del origen de nuestra especie.
Finalmente, en fecha tan reciente como 2001 el Instituto Nacional de la Salud (INH) de EE.UU. junto con la empresa dirigida por el científico John Craig Venter descifraron el genoma humano y quedó claro que nuestro genoma coincide en un 99% con el del chimpancé. Solo esa insignificante diferencia nos distingue de los primates que fueron nuestros lejanos ancestros.
Por si aun quedaba algún motivo para mantener nuestro endiosamiento, el último asalto procedió del médico austriaco Sigmund Freud (1856-1939) con su teoría del psicoanálisis, al mostrar que nuestros actos no responden del todo a nuestro voluntad sino que están influidos por el subconsciente, con lo que perdemos el dominio del libre albedrío.
No somos el centro de nada ni nuestro origen es distinto del de las demás especies. ¿A qué podemos asirnos para sostener nuestro narcisismo? De pocas cosas podemos presumir para considerarnos un punto y aparte de la creación, pero es justo reconocer que ocupamos la cúspide piramidal de la evolución natural, que estamos dotados de inteligencia, comunicación simbólica, imaginación y fantasía y capacidad para prever las consecuencias de nuestros actos, cualidades todas ellas ausentes en los demás seres vivos.
No podemos olvidar, sin embargo, que las poseemos en cantidades limitadas en competencia con fuerzas instintivas que pueden ser vencedoras en la lid interna.
Inmersos en esta competencia, primamos con frecuencia el progreso material sobre el progreso ético con desarrollo asimétrico entre la inteligencia y los resultados de su aplicación, lo que se traduce, entre otras cosas, en el invento de armas más y más destructivas que favorecen los enfrentamientos intra especie y con el medio ambiente, en perjuicio de la convivencia pacífica y de la conservación de la naturaleza que nos sostiene, lo que implica la subordinación de la mente a la sinrazón.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Viaje al espacio lejano

La nave espacial había despegado de la base con toda normalidad, llevando a bordo un considerable instrumental científico que sería manejado y controlado por la pareja de astronautas formado por Bartosena, de 29 años de edad y Arquelao, de 32. El objetivo previsto del viaje era orbitar la Luna a 10.000 kilómetros de distancia con el fin de fotografiar y cartografiar la superficie lunar y registrar, entre otros datos, la luminosidad y temperatura que permitiera seleccionar el lugar más idóneo en el que alunizar y establecer una colonia permanente. Una vez puesta en órbita la nave, todo transcurría con normalidad.

De repente, una espesa nubosidad envolvió la nave, los paneles de mando dejaron de funcionar y los dos tripulantes se quedaron profundamente dormidos. Cuando despertaron, sin poder precisar el tiempo que habían estado durmiendo, se encontraron en un amplio salón rectangular con las paredes y el techo pintados de azul claro, rodeados por diez seres extraños que les observaban inquisitivamente.

Los alienígenas eran de baja estatura, estaban desnudos, y su figura se parecía a los humanos, excepto que tenían un ojo en la frente y otro en el cogote. Hablaban entre sí en un idioma ininteligible, y uno de ellos daba vueltas alrededor de sus huéspedes al tiempo que se dirigía a los demás, al parecer para explicarles las características morfológicas de los terrícolas que no daban crédito a lo que veían.

Transcurrida aproximadamente una hora de mutuo examen visual, uno de los extraterrestres se dirigió en español a los visitantes con gran sorpresa de éstos. Les explicó que se hallaban en el planeta Carpetania, uno de los dieciocho que giraban en torno a la estrella Sfenos, integrante a su vez de la galaxia Esplendor. Informó que conocían el español porque captaban las emisiones de radio, que sus exploraciones radioeléctricas del espacio habían detectado la presencia de la nave alrededor de la Luna y decidieron apoderarse de ella y trasladarla a su planeta para conocer la civilización terrestre. Deseaban saber cómo había evolucionado la vida en el diminuto planeta del sistema solar, una vez comprobado que los demás no estaban habitados.

Después de estas presentaciones, iniciaron un interrogatorio de los prisioneros para conocer cómo estaba organizada la convivencia en la Tierra, cómo se relacionaban los distintos pueblos entre sí, cómo era la forma de vida, los hábitos y costumbres, si se regían por normas consensuadas que garantizaban la igualdad de derechos, la libertad y el bienestar general y, en definitiva, si las relaciones interpersonales eran pacíficas, cordiales y armoniosas, y cómo se resolvían las discrepancias.

Las cuestiones por las que más se interesaron los alienígenas versaron sobre estos asuntos:

- ¿No se reconocen en la Tierra a todas las personas las mismas aspiraciones y necesidades, y en consecuencia, los mismos derechos?

¿Por qué practicáis con tanta frecuencia las discriminaciones?

- ¿Qué ventajas reporta dividir vuestro pequeño planeta en 200 naciones?

- ¿Por qué, considerándoos tan inteligentes, no habéis adoptado una lengua común para entenderos mejor?

- Qué justificación aducís para vivir siempre en guerra?

- ¿Cómo habéis organizado la convivencia de forma tal que unos pocos sometan y exploten a la mayoría?

- ¿Por qué os habéis dotado de tantos dioses enfrentados entre sí?

A todas estas preguntas contestaron detalladamente los astronautas y sus explicaciones causaban asombro a los carpetanos, que no concebían el recurso a la violencia y las guerras entre individuos y pueblos de la misma especie.

A continuación se abrió un amplio diálogo entre terrícolas y carpetanos y los primeros pudieron saber que el planeta donde se hallaban era un imperio único, con un gobierno elegido democráticamente que aseguraba a todos los ciudadanos la cobertura de sus necesidades básicas y aseguraba la equidad en el reparto de los ingresos. Todas las personas –si así pudiéramos llamarlas- aceptaban practicar de buen grado la solidaridad y el respeto mutuo, y la educación había conseguido que estos sentimientos fuesen vividos como algo espontáneo y natural.

Tras un prolongado intercambio de informaciones, el que parecía portavoz de los carpetanos sentenció que la evolución de los habitantes de la Tierra se hallaba en una fase primitiva y que no interesaba establecer contactos porque nada bueno podían aprender de ellos y correr el riesgo de posible contagio de sus hábitos antisociales.

Llegados a esta conclusión, los dos astronautas fueron invitados a elegir entre quedarse o regresar a su país de origen. La elección recayó en seguir donde se hallaban, pues comprendieron que el estilo de vida que habían dejado era de peor calidad que el que les ofrecían sus anfitriones.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Vida y muerte de los imperios

La historia, maestra de la vida, nos enseña que los imperios desfilan, unos a paso de carga y otros a paso lento, pero todos experimentan la misma transformación que los seres vivos, o sea, nacen, crecen y tras un período más o menos prolongado, languidecen y pierden su papel hegemónico para dar paso a otros competidores que repetirán igual proceso. El siglo XX fue letal para los imperios. En ese período llegaron a su fin el austriaco, el alemán, el portugués, el turco, el ruso, el francés y el británico en Europa, y en Asia, el chino y el japonés. Todos fueron borrados del mapa por dos guerras que se conocen con el apelativo de mundiales.

El auge y caída de estos imperios geopolíticos siempre ha despertado el interés de los historiadores y filósofos de la historia preocupados por identificar las causas y supuestas leyes que expliquen el ciclo vital al que parecen estar sometidos, que reproduce a gran escala el curso fatal ontogénico. Uno de los primeros autores en ocuparse de esta cuestión fue San Agustín en su libro “De civitate Dei”. En el siglo pasado quienes más destacaron en esta materia fueron Oswald Spengler en su obra “La decadencia de Occidente” y Arnold Toynbee que escribió su voluminoso tratado “Un estudio de la historia”. Actualmente goza de renombre el inglés, radicado en Estados Unidos, Paul Kennedy, que publicó en 1988 el libro “Auge y caída de los grandes imperios”.

La duración de los imperios como tales varía mucho según los casos, oscilando entre los cuatro siglos que se mantuvo el imperio romano y los doce años que sobrevivió el III Reich, cuyo promotor, Adolfo Hitler, le había pronosticado mil años de vida.

Las teorías más plausibles sostienen que la génesis y el ocaso están relacionados con la evolución de su poderío económico. En el origen podrían estar implicados cambios tecnológicos en una nación que representarían una ventaja y sobre ella se asentaría su ulterior superioridad militar.
Ciertamente, parece irrebatible que en el inicio y la profundización del declive influyen diversos factores concomitantes entre los que el económico desempeña un papel relevante. Así lo entendió el historiador Ramón Carande refiriéndose a España, cuya decadencia atribuyó a la excesiva carga fiscal soportada para financiar las interminables guerras del emperador Carlos I de España y V de Alemania.

Con los precedentes conocidos resulta apasionante predecir la posible evolución de la única superpotencia que existe desde el fin de la II Guerra Mundial, es decir, Estados Unidos. A tal fin puede ser útil comenzar por el examen de los puntos fuertes y débiles que concurren en su caso.

Hoy por hoy, EE.UU. ocupa la primacía de lo que se ha dado en llamar “poder duro”, identificado con la potencia política y militar. En efecto, es uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad con derecho a veto y es el socio más influyente de los principales organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, cuyas sedes radican en Washington. Posee el ejército más poderoso y dispone de superioridad de armamento nuclear. Sus servicios secretos, apoyados por satélites espaciales, conocen al instante lo que pasa en cualquier lugar del planeta y su presupuesto de defensa para 2010 asciende a 750.000 millones de dólares, equivalente al 40% de lo que gasta el resto del mundo con los mismos fines. En suma, nunca se había registrado una concentración tal de riqueza y poderío en un solo Estado.

En el aspecto económico ocupa el primer lugar a mucha distancia del siguiente en la producción de bienes y servicios; el dólar es la moneda de reserva del mundo y sus multinacionales tienen intereses en todo el orbe.

Frente a este alarde de poder político, militar y económico se alzan los contrapoderes que amenazan la continuidad del hegemonismo norteamericano. Son los puntos débiles del imperio entre los que merecen citarse los siguientes:
  1. Los excesivos compromisos políticos y militares derivados del papel de gendarme del mundo.
  2. La dependencia del petróleo, cuyo suministro proviene de la región del Próximo Oriente, la más inestable del escenario internacional.
  3. La proliferación de armas nucleares en países que desafían al coloso (Corea del Norte, Irán y otros que podrían imitarles).
  4. La irrupción de nuevos competidores del grupo llamado BRIC (Brasil, Rusia, India y China) de los que los dos últimos, que son los primeros por su población, avanzan a pasos rápidos en su crecimiento económico en tanto EE.UU. sufre los efectos de la crisis, la segunda más profunda de la historia.
  5. La ausencia de “poder blando” representado por la carencia de liderazgo moral que se acusa en hechos tan notorios como su escasa participación proporcional en la ayuda al desarrollo, su connivencia con gobiernos dictatoriales, corruptos y negadores de los derechos humanos, en contraste con sus prédicas democráticas; el doble rasero político con Israel y los países árabes que hace imposible la solución del conflicto israelo-palestino y sirve de pretexto al terrorismo internacional de Al Qaeda.
A la larga crónica de la historia que acreditan hechos tan deplorables como las intervenciones repetidas en los asuntos internos de Latinoamérica o el haber sido el único país que empleó dos veces la bomba atómica o las armas químicas en Vietnam, el presidente Bush le puso la guinda con la invasión de Irak y Afganistán y con los vergonzosos abusos de Abu Graib y Guantánamo. De ahí arranca la ola de antiamericanismo que se extiende por el mundo.

El final del imperio estadounidense parece ineluctable pero no de forma catastrófica sino a ritmo lento a través de un proceso de desgaste coincidente con el creciente desarrollo de sus rivales.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Delitos y pecados

Cuando una autoridad impone unas determinadas normas, su incumplimiento comporta un condigno castigo a quien las infringe. Si la infracción es de orden civil constituye una falta o delito; tratándose de materia religioso, la contravención se denomina pecado que puede ser según su gravedad, venial o mortal. Al contrario de lo que configura un delito que solo abarca acciones u omisiones voluntarias punibles, el pecado (de “pedicatum”, que significa cepo o lazo que ata los pies), puede cometerse por acción, omisión, deseo o simple pensamiento, de tal modo que son muy difusas las fronteras, y el creyente pocas veces estará seguro de ser culpable o inocente.

Tanto la potestad civil como la religiosa tiene su propio catálogo de delitos y pecados, que no tienen porque coincidir, pero ambas tienen en común la evolución experimentada en el tratamiento de las transgresiones a partir de los dos últimos siglos. La sociedad civil evolucionó en sentido favorable a la libertad y dignidad del individuo, y así, entre otros hechos, dejaron de ser punibles las opiniones discrepantes con las de las autoridades, la blasfemia, el uso de la libertad de expresión y de reunión, al tiempo que propugnaba la igualdad de derechos de ambos sexos, la separación de la Iglesia y el Estado, así como el divorcio, la convivencia extramatrimonial, y el aborto en determinadas circunstancias; pasaron en cambio a ser actividades delictivas que antes no lo eran: la esclavitud, el tráfico de drogas, el blanqueo de dinero, la trata de blancas, los atentados contra el medio ambiente, etc.

La catalogación de los pecados también ha sufrido cambios, así en su número como en su calificación, cual si la voluntad divina a la que se deben los preceptos quebrantados fuera cambiante, lo que no deja de ser contradictorio con la intemporalidad que se supone a los mandatos emanados de lo alto.

Fueron pecado en su tiempo y dejaron de serlo más tarde el préstamo con interés, no pagar los diezmos y primicias a la Iglesia o comer carne los días de abstinencia, prohibición que hasta no hace mucho era dispensada a cambio de adquirir la bula al párroco. También se incurría en pecado creyendo o diciendo que el universo no se ajustaba a las descripciones de la Biblia o de las interpretaciones que de ella hacían los teólogos. Por osar decir que la tierra era redonda, fue excomulgado y castigado Galileo Galilei por los inquisidores, afirmación que ahora se acepta por la jerarquía ante la evidencia de su error. Quizás Dios haya tenido que corregir a tan celosos vigilantes de la ortodoxia. En cambio, hasta el I Concilio Vaticano de 1870 estaba permitido dudar de que la Virgen hubiera sido concebida sin pecado, lo que hoy sería pecaminoso. El mismo Concilio dictaminó “que sea anatema quien diga que las ciencias humanas deberían realizarse con tal espíritu de libertad que uno puede permitirse considerar ciertas aserciones, aun cuando se opongan a la doctrina revelada”.

Mientras el poder civil se preocupa por la salud, la instrucción y la seguridad de los ciudadanos y su igualdad ante la ley, los cuidados de la Iglesia se dirigen a conseguir la salvación de las almas, a las que, parece, le sienta muy mal todo lo relacionado con el sexo. Frente a la permisividad creciente de la sociedad en dicha materia, la jerarquía eclesiástica considera pecaminoso todo lo relacionado con el sexo, incluso dentro del matrimonio si no va encaminado directamente a la procreación, y se opone tajantemente a las relaciones extramatrimoniales, al onanismo, a los anticonceptivos, a la reproducción asistida, al divorcio, al aborto y a la homosexualidad.

En el plano de las ideas es donde se producen más colisiones entre la normativa civil y religiosa o entre los delitos y los pecados. En materia religiosa, la Iglesia prácticamente se opone a toda innovación científica o ideológica. En tal sentido, con mayor o menor rigor estigmatizó la teoría de la evolución. La democracia, el modernismo, el socialismo, el comunismo, el liberalismo, y para combatir su difusión creó un extenso índice de libros prohibidos, cuya lectura estaba vedada a los fieles. No está claro cuales de estas censuras continúan vigentes. Se dan casos en que lo estatuído en el Código Penal es contravenido por las autoridades religiosas y viceversa. En tanto la discriminación por razón de sexo está penalizada por la ley, la Iglesia la practica en el sacerdocio, y mientras la pena de muerte fue abolida por la Constitución, está reconocida en determinados casos por la doctrina religiosa plasmada en el catecismo.

Tales diferencias de criterio crean situaciones de confusión y ambigüedad. Por ejemplo, mientras las autoridades civiles no discuten las normas eclesiásticas, ni aun cuando vulneren los principios constitucionales, ni interfieren en la designación de los obispos, el clero no observa la regla de reciprocidad y presiona por todos los medios a su alcance para impedir la aprobación de determinadas leyes por el Parlamento (divorcio, aborto, eutanasia, parejas de hecho, parejas del mismo sexo, enseñanza de la religión, participación en el reparto del IRPF de libre designación, etc) y cuando finalmente pierde la batalla y las disposiciones entran en vigor, las desacredita y presiona a los electores para que no voten a los partidos que las mantienen en sus programas.