martes, 21 de septiembre de 2010

La Babel europea

Según cuenta la Sagrada Escritura, cuando los descendientes de Noé construyeron la famosa torre de Babel (nombre hebreo de Babilonia) a orillas del Eufrates, con la pretensión de alcanzar el cielo (Génesis,11) hablaban todos el mismo idioma, “que era el principio de sus empresas”, pero el proyecto de llegar tan alto no agradó al Creador, que en castigo les condenó a la confusión de lenguas “para que no entendieran más los unos con los otros”.
Desde entonces la maldición bíblica sigue vigente, y cada grupo étnico se lió a crear su propio código de expresión al que atribuyó el valor de máxima seña de identidad, con tal éxito que los filólogos no se ponen de acuerdo sobre el número exacto de los que se emplean en la actualidad, sin contar los muchos que naufragaron en el torrente de la historia. En nuestros días la personificación de la babélica torre corresponde sin duda a Bruselas por las múltiples capitalidades que acumula y la consiguiente mezcla idiomática que conlleva.
Bruselas, además de ser la capital belga lo es también de la Unión Europea y de la OTAN, convirtiéndose de hecho en la cabeza política, diplomática y militar del continente y conformando tal vez el complejo administrativo más amplio del mundo, con la posible excepción de Nueva York, sede de la ONU. Esto da a los bruselenses un marcado carácter cosmopolita, como muestra el hecho de que cuarenta de cada cien residentes son extranjeros. Funcionarios, políticos, diplomáticos y militares se dan cita en la urbe, donde existen tres parlamentos y tres ejecutivos, aparte de la corporación municipal..
Consecuencia de la concentración funcionarial propia y foránea es el gran número de lenguas que allí concurren. Solamente los representan tes de los 27 Estados comunitarios bastarían para darle colorido a la diversidad lingüística, pero a ellos hay que añadir las representaciones diplomáticas acreditadas ante el gobierno belga y la Comisión Europea. De todo ello resulta que ni el más prodigioso políglota podría identificar todas las hablas que se oyen en la Grand Place.
Bruselas es una ciudad multilingüe, pues constituye un enclave francófono en territorio flamenco, de forma que su nombre oficial es Bruselles para la población valona que se expresa en francés y Brusel para los moradores flamencos del Norte que tiene como lengua propia el neerlandés. Sobre este basamento bilingüe se asientan los hablantes de los socios de la UE que se mezclan con los inmigrantes de países extracomunitarios, como turcos, árabes o serbios.
Es obvio que Bruselas sería un pandemonium si cada cual pretendiera valerse de su lengua materna, por lo que el francés y sobre todo el inglés absorben los papeles principales de la comunicación, en perjuicio de los demás que son considerados huéspedes de segunda clase. El inglés va camino de instalarse como jerga común o lengua puente (a pesar de ser superada por la alemana en número de hablantes y ser vernácula del socio menos europeista), con lo que supone de claudicación colectiva ante la cultura anglosajona, al no prosperar la opción del esperanto que habría sido la solución más lógica y racional al no estar vinculado a ninguna potencia. La racionalidad no siempre es reconocible en las decisiones humanas.
Lo curioso es que una ciudad con voluntad internacional sea incapaz de convivir en armonía entre flamencos y valones, cuyas diferencias en torno a la forma del Estado ponen en riesgo la unidad de Bélgica.
Lamentablemente, los belgas no imitan el modelo suizo que mantiene vivas cuatro lenguas sin poner en peligro la unidad nacional.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Nos quedamos en nada

La importancia que los seres humanos hemos querido atribuirnos como reyes de la creación, ha sido desmentida tantas veces por la ciencia que ya apenas queda nada a que asirnos para seguir creyéndonos el obligo del mundo.
Nuestros antepasados dieron por cierto que el planeta que habitamos era el centro del Universo. Esta versión se debió a Claudio Tolomeo quien, en el segundo siglo después de Cristo la expuso, influido por el astrónomo Hiparco de Nicea (II siglo a.C.), en su monumental obra “Almagesto”.
Esta creencia se mantuvo hasta que el polaco Nicolás Copérnico (1473-1543) revolucionó la astronomía con su libro “De revolutionibus orbium coelestium”, aparecido tras su fallecimiento. En él afirmaba que la Tierra no es sino uno de los varios planetas del sistema solar que giran alrededor del Sol. Esta teoría fue confirmada por Galileo Galilei (1564-1642) al demostrar con el uso del telescopio lo avanzado por Copérnico, expuesto en su libro “Diálogo sobre los dos sistemas máximos del mundo”, publicado en 1632.
Desbaratada la teoría geocéntrica tolemaica, solo faltaba que el ojo crítico de la ciencia desmontara el supuesto origen divino de nuestros primeros padres y de la creación de las luminarias celestes como objetos para nuestro solaz nocturno.
Esta tarea corrió a cargo del británico Charles Darwin (1809-1882) quien, en “El origen de las especies” editado en 1859, estableció la teoría, no desmentida hasta la fecha, de que las diferencias que nos distinguen de otros animales son fruto de la evolución natural que comenzó con la aparición de la primera célula, tal vez hace unos 3.000 millones de años.
Alrededor de medio siglo más tarde, fue el siquiatra vienés Sigmund Freud (1856-1939) quien, en varias de sus obras, y especialmente en “La interpretación de los sueños” (1899) y “Tótem y tabú” (1913) puso de manifiesto la influencia del subconsciente en nuestro comportamiento, socavando así la fe en el libre albedrío.
Por último la secuenciación del genoma humano, llevada a cabo simultáneamente en 2000 por el Instituto Nacional de la Salud norteamericano (NIH por sus siglas en inglés) y el investigador y empresario Craig Venter, desveló el parentesco genético con nuestro pariente más cercano, el chimpancé, cuyo genoma es idéntico al nuestro en un 98,5%. Gracias a la igualdad de funciones de los genes de otras especies con los nuestros podemos hacer experimentos de laboratorio de utilidad médica con la mosca del vinagre, monos y ratones.
El próximo paso puede venir del conocimiento de las funciones cerebrales que reducirá aun más nuestra autoestima al acabar con la dicotomía platónica de cuerpo y alma, probando que el deterioro de una facultad mental va acompañado o precedido de lesiones neurológicas, poniendo fuera de juego las leyendas de endemoniados como origen de patologías mentales.
Si la Tierra no es más que una infinitésima parte del Cosmos, y nosotros una minúscula partícula de la naturaleza, una nonada, está claro que no hay razón en que fundamentar nuestras ansias de preeminencia, que somos seres contingentes, fruto del azar, y que nuestra conservación como especie está sujeta a los mismos avatares que cualquier otra añadida a la tendencia a la autodestrucción. Vivimos de falacias que halagan nuestro ego, pero la realidad se impone y adquieren sentido estos versos: La calavera de un burro / miraba el doctor Pandolfo / y enternecido, exclamaba: / “¡Válgame Dios, lo que somos!”.

lunes, 30 de agosto de 2010

Los errores se pagan

Desde que los latinos acuñaron el adagio “errare humanum est”, se admite que es propio de los humanos equivocarse. Quien más quien menos, todos cometemos errores , y por ello se acepta que rectificar es de sabios. Ocurre, sin embargo que, pasado cierto plazo, la corrección es imposible o pierde toda virtualidad. A este género pertenecen la adicción permanente al dinero o el apego excesivo al poder.
Me resulta incomprensible, y más aun a medida que acumulo cumpleaños, la actitud ante la vida de quienes, habiendo recorrido ya gran parte de su peregrinación terrenal, sufren invencible apego a la riqueza o al mando que, si nunca son defendibles, pierden todo sentido cuando se ha alcanzado una edad en que la vejez asoma su sombra y la cita con la muerte aparece en el horizonte tan insoslayable como próximo.
Es sorprendente y triste a la vez que personas de gran notoriedad, en el umbral de la jubilación muestren una avidez insaciable de dinero sin importarles conseguirlo al precio de claudicaciones y a cambio de despreciar, ofender, humillar, explotar y engañar a los demás. Lo mismo que en similar edad, se aferran a los cargos políticos o empresariales, cual si el mundo no pudiera prescindir de su dedicación. En no pocas ocasiones, ambas pasiones caminan juntas porque se autoalimentan.
Resulta patética la ceguera de quienes, en la pendiente de su declive vital se obsesionan con el afán de acumular riqueza y poder cual si tuvieran asegurada una larga vida por delante que disfrutar, cuando en realidad se acercan con paso acelerado a la fecha de su caducidad y la Parca les pisa los talones.
Cuando el plazo fatal está a punto de cumplirse quizás se den cuenta, demasiado tarde, del errado camino que han seguido y que ya no tiene vuelta atrás porque los errores se pagan, si bien ocurre a veces que unos cometen los yerros y otros pagan las consecuencias.
¿De qué les habrá servido a unos acumular una fortuna y a otros aferrarse en edad provecta a puestos de mando o de relumbrón? Los primeros habrán caído en la trampa de ser los más ricos del cementerio y tal vez dar pie a que sus herederos disputen entre sí por el reparto; y los segundos habrán creado resquemores y frustraciones a delfines en potencia que aspiraban a sucederles y acaso el odio de quienes sufrieron los efectos de sus decisiones, porque jamás el que manda podrá hacerlo a gusto de todos ni evitar lesionar planes y proyectos ajenos.
Ello no significa ciertamente, que merezca censura el deseo de mantenerse activos en todo momento, abrir la mente al futuro y sentir curiosidad por cuanto acontece a su alrededor, pero cuando, por razones de edad las facultades declinan, lo prudente, lo que identifica la sabiduría propia de la ancianidad es ceder el testigo, desprenderse de responsabilidades en favor de quienes puedan aportar nueva sabia y nuevas ideas acorde con los cambios que experimenta la sociedad, gozar así del merecido descanso y ofrecer su consejo sobre materias en las que su autoridad moral no se discute que a tanto equivale distinguir lo importante de lo que no lo es y advertir a tiempo que acertar en lo más no importa si se yerra en lo principal como nos advirtiera Calderón de la Barca.
Y si de dinero se trata, cuando a los hijos se les ha dado preparación adecuadas para transitar por camino propio, que es la mejor herencia que podemos dejar, es justo que ellos aporten su esfuerzo para abrirse paso en el mundo, puesto que, más pronto o más tarde tendrán que sacarse solos las castañas del fuego.
Lástima que, por lo general estas razones elementales sean comprendidas cuando ya no puedan dar frutos y los que nos sucedan no podrán beneficiarse de ellas porque la experiencia, como el talento, no se transmiten por herencia.

lunes, 23 de agosto de 2010

La búsqueda de la felicidad

La primera obligación del ser humano es ser feliz. La segunda debería ser hacer felices a los demás. Ambas son parte de un todo, de tal forma que las dos se complementan recíprocamente. A la vista del empeño que ponemos en ser felices y del escaso éxito que conseguimos, uno no puede por menos de preguntarse qué es lo que hacemos mal para fracasar una y otra vez en el intento. ¿Equivocamos los medios que ponemos a contribución? ¿Seguimos un camino errado para alcanzar la meta? Lo cierto es que la felicidad se presenta como un bien esquivo, tanto que desaparece tan pronto como creemos tenerlo al alcance de la mano.
Quizás la solución del problema esté en saber lo que en realidad perseguimos. Si preguntásemos qué es la felicidad recibiríamos respuestas muy diversas y la mayoría de los opinantes no sabría como definirla. De ahí que las recetas al uso sean muy variadas y todas parciales. Para Freud consistía en amar y trabajar. A juicio de Camilo José Cela, todo se reduce a vivir tranquilo, sin culpas ni remordimientos. Ello no obsta para que cada quien tenga su concepto de ella y busque darle caza a su manera.
La noción más aceptada es que se trata de una especie de éxtasis de poca duración en el que uno deja de vivir en el pasado y en el futuro, ajeno a recuerdos y proyectos y casi sin sentir la realidad ni el paso del tiempo. Son momentos mágicos que hay que vivir intensamente y recordarlos después, que es como vivirlos de nuevo. En ellos se supone que el dichoso goza de buena salud, dispone de lo que desea y ha descubierto que la vida tiene sentido; por lo demás es absurdo que alguien diga que es feliz; todo lo más podrá decir que aquí y ahora respira satisfacción sin explicarse el porqué, una sensación que no sabe como retener.
Si bien la felicidad es un sentimiento personal, no puede realizarse si no es en un contexto social favorable, presidido por la justicia, la seguridad, y la libertad. Por tanto, si estas condiciones no se dieran, la satisfacción sería incompleta y manifestarlo parecería un acto de puro egoísmo. Es muy difícil por no decir imposible sentirse feliz en un mundo tan lleno de injusticia, dolor y miseria.
Ocurre que la felicidad es un manjar tan exquisito que pugnan por devorarlo un sinfín de predadores que llevan los nombres de odio, envidia, resentimiento, aburrimiento, dolor físico, tristeza, remordimientos, miseria, enfermedad, egoísmo, avaricia, temor, codicia, desamor, soledad, pesimismo, pérdida de autoestima y hasta la angustia que produce lo efímero de nuestra existencia.
Combatir a tantos enemigos da idea de cuan arduo es obtener la victoria, sobre todos. Conformémonos con eliminar en lo posible los factores negativos y mantener la esperanza de que la felicidad nos espera a la vuelta de la esquina aunque llegados allí se encuentre una nota que dice así: “Sigue buscándola”.

domingo, 15 de agosto de 2010

Cómo reducir la pobreza

No es defendible por razones prácticas la utópica igualdad en la posesión de bienes, que depende de muchos factores, pero sí la lacerante diferencia que existe entre los ricos Epulones y los Lázaros humildes, entre las clases opulentas y la de los desheredados.
Para que el objetivo sea alcanzable es preciso aumentar significativamente los ingresos de los más necesitados y la mejor forma de conseguirlo es ofrecer un puesto de trabajo a quienes lo buscan estando en edad laboral (de 16 a 64 años). Esto equivale a lograr el pleno empleo, algo difícil de conseguir en nuestro sistema socioeconómico en tiempos normales y mucho más en épocas de crisis, pero aun en esta situación es exigible que la política económica suavice en lo posible el impacto del paro en las economías familiares más vulnerables.
Independientemente de la magnitud del desempleo, los gobiernos tienen la obligación de implementar políticas que favorezcan a los trabajadores más perjudicados y promover la creación de puestos de trabajo y la inserción social. Solamente así, con la suficiente dosis de solidaridad se puede propiciar la movilidad social, de forma que los peor dotados puedan ascender en la escala social, como es propio de una sociedad abierta y cohesionada.
En este contexto es justo y equitativo que el Estado garantice una auténtica igualdad de oportunidades y facilite la libre elección de los ciudadanos a escoger las vías que prefieran para labrar su futuro con arreglo a sus deseos y aptitudes.
Ello implica profundizar en políticas de protección social que incluyen la expansión y mejora de la enseñanza pública y la formación profesional, incrementar la concesión de becas de cuantía suficiente, elevar el nivel de la sanidad pública y la justicia, así como mejorar el subsidio de paro de forma que nadie quede totalmente desamparado frente a la adversidad.
Es preciso renunciar a las políticas neoliberales que aumentan las desigualdades, y polarizan las clases sociales. Sus defensores objetan que la protección social representa un obstáculo para el crecimiento económico, a pesar de que la evidencia empírica niega validez a tales premisas. Los ataques contra el Estado del bienestar provienen de los sectores mejor instalados en la sociedad, tomando como pretexto la sacralización de las leyes del mercado a las que se atribuyen falsamente la capacidad de corregir sus propios excesos.
Obviamente, el cumplimiento de los objetivos expuestos presupone la disponibilidad de los recursos económicos a disposición del Tesoro público, los cuales provienen de la recaudación de impuestos.
Ello implica la necesidad de reformar el actual sistema tributario de forma que permita la financiación del gasto social. Esto a su vez exige que el sistema promueva la redistribución de la renta y cumpla los requisitos establecidos en la Constitución. Así, el artículo 31, determina que “todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá carácter confiscatorio”.
Que los españoles paguemos más impuestos con la debida progresividad no es mucho pedir si se repara en que la presión fiscal en 2007 en Dinamarca fue del 48,9% del PIB y en España fue el 37,2%. Claro que en México fue el 20,5%. Estos datos explican el nivel de vida de daneses y aztecas.
Muestra de la calculada ambigüedad con que fue redactada la Carta Magna es el empleo de términos ambiguos tan susceptibles de interesadas interpretaciones como difíciles de precisar en la práctica. Tal ocurre con los adjetivos “justo” y “confiscatorio”, a la vez que se pasa en silencio sobre la propiedad redistribuidora de los impuestos directos.
Hasta ahora, los requisitos de que se ha hecho mención distan mucho de cumplirse en la realidad, y la equidad brilla por su ausencia. A este respecto vale la pena traer a colación el informe de los técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha) hecho público el 11 de agosto, según el cual, los asalariados y pensionistas gallegos declararon en 2008 unos rendimientos netos de 16.573 euros (+5,5%) en tanto que los autónomos mostraron ante el Fisco 8.871 euros (-8,6%) pese a que la economía había crecido en dicho año el 3,4%, y no es presumible que los datos de la comunidad autónoma gallega difieran significativamente de los del resto del país. Si se tiene en cuenta que del segundo colectivo forman parte entre otros, los profesiones liberales (ingenieros, médicos, arquitectos, abogados, farmacéuticos, notarios y registradores) es fácil intuir donde se ubican las bolsas de fraude, que se cifran en 23.000 millones de euros, y donde las nóminas actúan de control estricto de los ingresos ante Hacienda.
Esta situación es bien conocida por la Administración sin que por ello arbitre fórmulas correctoras de la flagrante desigualdad de tratamiento fiscal. Como además, a la hora de subir los impuestos se apuesta por los indirectos que gravan el consumo, los más perjudicados son, proporcionalmente, quienes obtienen menos ingresos.

viernes, 18 de junio de 2010

Déficit y paro

Cuando se habla de las crisis económicas, su más dramático y visible exponente lo constituye la legión de trabajadores que pierden su empleo. A tal punto llega en España esta patología en estos momentos que el paro afecta a más del 20% de la población activa, lo que significa que dos de cada diez personas en condiciones de trabajar no lo pueden hacer y engrosan las listas del INEM. Esta situación supone en primer lugar un drama intolerable para millones de familias que se ven privadas de ingresos, y también un derroche de recursos humanos que quedan improductivos y ociosos.
Al coincidir en el tiempo la desocupación forzosa con el déficit presupuestario, es más difícil combatir ambos desequilibrios macroeconómicos a la vez, porque sus efectos se potencian recíprocamente. En efecto, a más paro, menos consumo, lo que repercute en la actividad económica, y cuanto mayores sean las prestaciones por el desempleo más se agravará el déficit. Nos movemos en un círculo vicioso.
Reducir el déficit y crear empleo semejan dos objetivos incompatibles, y sin embargo es un desafío que debe afrontar la política económica. Es preciso que la economía nacional sea más competitiva, de forma que exportemos más e importemos menos a fin de que podamos pagar lo que necesitamos con la venta de lo que producimos.
A mi juicio, después de cubrir las aportaciones del subsidio de desempleo, que es prioritario, es preciso atacar el déficit porque así se reducirá la transferencia de renta del sector público al privado integrado en gran parte por inversores particulares e institucionales extranjeros. Para ello, el Gobierno tiene dos vías a seguir, no exclusivas sino complementarias: incrementar los ingresos públicos y recortar los gastos improductivos. En el primer caso puede elevar los impuestos, y para que la carga impositiva sea equitativa incidirá en las rentas más altas que además no repercutirán negativamente en el consumo. Otras medidas con el mismo objeto serían intensificar la lucha contra el fraude y la economía sumergida, gravar más los artículos de lujo, restablecer los impuestos de Patrimonio y Sucesiones eliminados indebidamente y aumentar el impuesto sobre las SICAV, actualmente favorecidas por un gravamen irrisorio.
En el capítulo de gastos improductivos la panoplia de medidas es muy amplia y sin ánimo exhaustivo citaré las siguientes: supresión de subvenciones injustificadas, disminución de la publicidad institucional, austeridad en el uso de vehículos oficiales, supresión de asesores sin justificación (para algo están los funcionarios técnicos), drástica reducción de organismos autónomos innecesarios, reducción de horarios de las televisiones públicas, restricción de viajes oficiales, racionalización de los sueldos con arreglo a criterios objetivos homogéneos y supresión de la facultad de algunos organismos para establecer sus propias retribuciones, v. gr. TVE y Banco de España
Dichas reformas, junto con la abolición del cheque bebé y del regalo de 400 euros a contribuyentes del IRPF cuya razón de ser nadie entendió en su día, deberían ser suficientes para reconducir el déficit a las cifras previstas, en cuyo caso no habría sido necesario recurrir a las medidas a todas luces injustas, inequitativas y regresivas como la rebaja de sueldos de los funcionarios públicos, la congelación de las pensiones, las aportaciones a las personas dependientes, la ayuda a los países en desarrollo y el tijeretazo a las inversiones que ponen en peligro el crecimiento y los puestos de trabajo, acordadas por el Ejecutivo.
Como suele argüirse que las crisis ofrecen oportunidades para corregir fallos y disfunciones, si de verdad el Gobierno desea aprovecharlas, sería bueno que comenzase
a pensar en introducir una serie de reformas encaminadas a eliminar obstáculos al progreso y modernizar el país que, por mi parte, cometeré la osadía de señalar algunas en otra ocasión.

martes, 8 de junio de 2010

Productividad y empleo

Cuenta la mitología griega que el titán Prometeo robó el fuego a los dioses olímpicos para entregárselo a los hombres y que por ello, Zeus, enojado, condenó a los humanos a ser mortales y encadenó a Prometeo a una roca en el Cáucaso donde un buitre le devoraba el hígado cada día, que le crecía durante la noche, hasta que Hércules le libró del tormento por orden del mismo Zeus, arrepentido de su crueldad.
Puede interpretarse el mito como la paráfrasis del destino de los humanos condenados a que todo adelanto o mejora tenga su lado negativo, de forma que nunca pueda considerarse exento de peligros. Así vemos, por ejemplo, como los medicamentos tienen contraindicaciones o efectos secundarios, o la rapidez con que podemos desplazarnos gracias al automóvil lo pagamos con el doloroso tributo de los accidentes de tráfico.
Algo similar ocurre en el mundo laboral. Desde siempre, el ser humano se ha esforzado por aliviar la penosidad del trabajo desviándolo hacia los animales primero e inventando máquinas que realizasen las tareas más repetitivas e ingratas.
Con el tiempo, las máquinas no solo cumplen este cometido sino que suplen a los trabajadores, con lo cual, con menos obreros se produce igual o mayor cantidad de bienes y servicios. Alguien ha dicho que en el futuro los aviones irán tripulados por un piloto y un perro: el piloto para observar los aparatos y el perro para morderle si los toca.
Si a la sustitución de personas por máquinas unimos la introducción de mejores métodos organizativos, la automatización y el empleo de robots, se comprenderá fácilmente que el drama del desempleo tiene difícil arreglo. El ajuste entre la oferta y la demanda de trabajo se realiza al precio de envilecer los salarios y las condiciones laborales, y aun así se formará un ejército de reserva sin ocupación retribuida.
La tendencia es general y sus efectos, demoledores. No hace mucho, el economista estadounidense Jeremy Rifkin citaba en un artículo periodístico un estudio de Alliance Capital Management, según el cual, en los siete años transcurridos entre 1997 y 2004 se perdieron 31 millones de puestos de trabajo en fábricas de las veinte economías más fuertes del mundo sin que por ello dejase de crecer el PIB. El fenómeno agrava el ritmo de destrucción de empleo cuando coincide con la crisis económica como la que ahora padecemos.
Hasta ahora la doctrina económica más solvente sostenía que las innovaciones tecnológicas provocaban un descenso de los precios, lo que a su vez se traducía en un aumento de la demanda y esta impulsaba la producción y el empleo. La realidad, sin embargo se encarga de desmontar la teoría y de ello dan fe, entre otros ejemplos, la dificultad de crear empleo a pesar del crecimiento de la producción.
Para apreciar la magnitud del proceso basta observar los drásticos recortes de plantilla que han llevado a cabo empresas industriales y de servicios como RENFE y Telefónica, por citar dos casos paradigmáticos.
Al dividir el valor de la producción por el trabajo empleado tenemos la productividad cuyo aumento es el afán de los empresarios y un signo considerado de desarrollo y pieza clave para competir en una economía globalizada, y la mayor productividad suele ir unida a más paro por el empleo de una mayor intensidad en el uso de capital. Es la cara y la cruz del progreso, el lado oscuro del avance tecnológico. Resulta sorprendente que en el caso de España convivan un bajo nivel de productividad y una elevada tasa de paro. Extraña paradoja, difícil de explicar. Compatibilizar progreso económico y pleno empleo es un problema para el cual el sistema capitalista no tiene respuesta.