lunes, 2 de febrero de 2009

Sobre la vejez

Cumplir siete décadas de vida no se parece en nada a ingresar en el séptimo cielo. Ser septuagenario significa traspasar la línea roja de nuestra existencia y entrar en el último recodo del camino.
Los achaques propios de la vejez se suceden uno tras otro. Las fuerzas se debilitan, la piel se arruga, el pelo y los dientes nos abandonan, el oído pierde agudeza, la vista se cansa, la movilidad se reduce, y todo ello prescindiendo de la aparición de patologías degenerativas incapacitantes como el alzheimer, el parkinson, la osteoporosis, etc., que hacen de la ancianidad un martirio. No en vano, es la edad de los adminículos ortopédicos: prótesis dentales, gafas, audifonos, y tal vez marcapasos y bastón.
Desde el punto de vista laboral, que ha modelado nuestra vida, hemos sido apartados de nuestra actividad habitual que en parte respaldaba nuestro status, y en consecuencia, disminuye la consideración social, y esto, junto con la sensación de no ser útiles, rebaja nuestra autoestima, que a su vez favorece el deterioro de la salud.
Cuando se siente el peso de la edad, uno se da cuenta de que vive con los días contados y que cada año vivido fue un paso que nos acercó al ineluctable final. Por las mismas razones se corre el peligro de convertirse en visitante asiduo de médicos y boticas. En determinadas circunstancias, la situación aun puede empeorar por desavenencias conyugales, o peor aun, si sobreviene la viudez, que puede ser sufrida de forma traumática.
Con este panorama por delante, es fácil que el pesimismo invada nuestro ánimo senil, por lo que la visión del mundo que se adquiere resulta poco risueña. Por otro lado, las costumbre cambian y al anciano las nuevas modas le cogen a contrapié, le dejan fuera de la realidad, y piensa que lo bueno y acertado era lo que él conoció. Aferrado a su pasado, siente el deseo incontenible de contar una y mil veces los sucesos en los que él intervino o de los que fue testigo, actitud que despierta en los jóvenes la reacción de “ya está el abuelo con sus batallitas”
Afectada por estas incidencias, la vejez puede ser melancólica, si le abandona la esperanza de que en la estación crepuscular, el mañana puede reservarnos todavía motivos para seguir viviendo. Lo peor de la senectud es que nunca tiene un final feliz.
Es propio de jóvenes y adultos hacer planes de futuro para desplegar sus fuerzas y materializar sus ilusiones. Los mayores, en cambio, ven más próxima la muerte y por eso no hacen proyectos sino balances de su paso por el mundo.. Es el pretexto de muchas memorias y autobiografías con las que sus autores aspiran a justificarse ante sí mismos y ante los demás,
Echar la vista atrás no es, por lo general, muy satisfactorio porque muchos proyectos se quedaron en eso y las vicisitudes del pasado no fueron resueltas en su momento con el acierto que la perspectiva del tiempo permite juzgar a “posteriori”.
Por ello resulta incomprensible que algunas personas, mayoritariamente políticos, afirmen que no se arrepienten de nada, como si tuvieran el don de la infalibilidad y no hubieran errado nunca, o si su conducta hubiera sido en todo momento un dechado de virtud y perfección.
Además de insatisfactorio, el balance de la vejez es, en palabras del filósofo italiano Norberto Bobbio “algo melancólico ,entendido como la conciencia de lo inacabado, de lo imperfecto, de la desproporción entre los buenos propósitos y las acciones realizadas”.
Nos invade la sensación de que hemos dejado cosas sin hacer, planes sin realizar, errores no rectificados, promesas sin cumplir, tiempo desaprovechado, y todo ello ya fuera de nuestro alcance.
Otro campo permanente de reflexión lo constituye el papel que juegan las contingencias en nuestra vida. Nos preguntamos como habría discurrido si no hubiera caído en nuestras manos aquel libro, si no hubiéramos tenido tales profesores, si hubiéramos escogido otra carrera o profesión , si hubiéramos formado otra pareja, o seguido aquel consejo que desoimos, y caemos en la cuenta de que nuestro destino estuvo hilvanado por el azar, por lo que ocurrió y pudo no haber ocurrido.
Menos reconfortante aun es el sentimiento de remordimiento o vergüenza si en la juventud se hubiera pertenecido, por falta de madurez intelectual a organizaciones violentas o criminales. Tal fue el caso del escritor y premio Nobel de Literatura Gunter Gras, quien confesó con sesenta años de retraso que había ingresado como voluntario a los diecisiete años en las SS y, ocultando este pasado, se erigió en la conciencia ética de su país. Tampoco en España falta testimonios de intelectuales arrepentidos de haber colaborado con el régimen franquista. Es el caso de Dionisio Ridruejo, Pedro Lain Entralgo, Antonio Tovar o Luis Rosales.
Un tema recurrente en las reflexiones de la vejez es el sentido de la vida, esa duda siempre planteada y nunca resuelta. Cuando el hombre fue dueño de su pensamiento, la primera pregunta que debió brotar de su cerebro virgen pudo haber sido ésta: ¿Por qué o para qué estoy aquí?, seguida de otras de este tenor: ¿a quién o a qué debo mi presencia en el mundo?, ¿cuál es mi razón de ser?, ¿qué misión tengo encomendada? De las dos preguntas clásicas ¿de dónde venimos? y ¿a dónde vamos? tenemos sendas respuestas de la ciencia: venimos del Big Bang y vamos hacia la muerte térmica si antes no nos autodestruimos.
Todos estos interrogantes expresan otros tantos misterios para los que no se atisban respuestas plausibles pero seguirán brotando de nuestros corazones curiosos y angustiados, porque expresan el drama universal en el que estamos inmersos, no sabemos si como figurantes, como peleles mecidos por el viento o como tripulantes de una nave desarbolada a merced de las tormentas.
Plantearse el sentido de la vida es una apuesta sin sentido puesto que se trata de una búsqueda sin hallazgo posible. Sin embargo, es un tema que nos ocupa y preocupa una y otra vez a lo largo de la vida y con mayor intensidad en el último tramo de la misma. Albert Einstein observó que estamos en la Tierra por una breve visita, sin saber con qué fin y deduce que, si estamos aquí, es para y por los demás. A parecida conclusión llegó el dramaturgo suizo Friedrich Dürrenmat (1921-1990) al declarar que “la vida solo tiene sentido en la medida en que puede plantearse por personas para personas. El cosmos no tiene sentido. Pero entre los hombres tiene sentido vivir en paz y armonía”.
Al no hallar respuesta filosófica queda la visión de los poetas. José Hierro (1922-1990) escribió un famoso soneto que tituló “Vida” dedicado a Paula Romero en el que expone su opinión al respecto:

Después de todo, todo ha sido nada,
A pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
Supe que todo no era más que nada.
Grito “¡Todo!”, y el eco dice “¡Nada!”
Grito “¡Nada!” y el eco dice “¡Todo!”.
Ahora sé que la nada lo era todo
Y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada
(Era ilusión lo que creia todo)
y que, en definitiva, era la nada
Que más da que la nada fuera nada
Si más nada será, después de todo
Después de todo para nada

1 comentario:

Francesc Puigcarbó dijo...

lúcido artículo y sabio el poema. Mi padre tiene 94 años, se encuentra bién, en realidad no tiene nada, come, anda, tiene la cabeza lúcida y desmemoriado lo ha sido siempre. LLegar así a la vejez pareceria bueno, però no lo és, dice el que ha vivido demasiado y encima ha enterrado a una nieta y eso le afectó muchisimo.

un saludo